Exilio africano y hip hop en la ciudad de la soja

por poseidodelalba

De los seis temas incluidos en el EP Huellas (2006) del sexteto rosarino de hip hop La Rexistencia, el penúltimo, titulado “Rosario city”, era el más llamativo. Considerando que el hip hop es un género narrativo que requiere la comprensión de la letra que se canta, “Rosario city” se presentaba como un enigma de, por lo menos, dos preguntas. Primero, ¿quién canta?, y luego, ¿en qué idioma? La difusión boca a boca y el posterior interés del periodismo hicieron que la historia de David Bangoura, de nombre artístico Black Doh, autor e intérprete de la canción, fuera conocida en la ciudad: escapando de la dura vida en Conakry, la capital de Guinea, una antigua colonia francesa del oeste africano, Bangoura llegó a Rosario a comienzos de 2005 escondido en la barriga de un barco, después de un penoso periplo que incluyó cuatro intentos fallidos, expulsiones y escalas varias en Egipto, Mauritania y Ucrania.

La odisea de Bangoura captó la atención de Rubén Plataneo, realizador de Tanke P.A.P.I., Dante en la casa grande y Muertes indebidas. David y el gran río, el nuevo documental de Plataneo, hace foco en la historia de Bangoura al tiempo que narra la llegada de jóvenes africanos a los puertos del cordón industrial del Gran Rosario. La devaluación del 2002 y la transformación del país en uno de los principales exportadores de soja a nivel mundial potenciaron el aluvión de barcos.

Dice Plataneo: “Con Virginia Giacosa nos pusimos a investigar el fenómeno de los chicos africanos que llegaban a San Lorenzo, Rosario y Puerto San Martín, atravesando el océano durante semanas, famélicos, deshidratados. Buscaba un personaje que me permitiera hacer una película sobre esa brutal expresión de la situación mundial, concentrada en los barcos. Los barcos me apasionan desde que aprendí a leer. Junto con el cine, son el mejor y más misterioso transporte de historias. Entrevistamos a varios jóvenes africanos que en ese momento tenían atención como migrantes. David había hecho antes otros cuatro viajes como polizón, pero siempre lo habían deportado”.

En la actualidad, los numerosos jóvenes africanos que llegaron en esos barcos luchan por sobrevivir en una ciudad que los mira con una mezcla de piedad y temor. Otros no tuvieron tanta suerte y perdieron la razón, como Kamara, compañero de travesía de Bangoura, que pide monedas en el semáforo de Corrientes y San Lorenzo y muestra su destreza como máquina de ritmos humana en un pasaje de David y el gran río.

Plataneo decidió convertir a Bangoura en el protagonista de su trabajo cuando este le contó que su madre no sabía si estaba vivo o muerto. En ese punto, lo que era un documental sobre un joven africano en Rosario se convirtió también en una misión: llevar a Conakry el álbum Cruzando el mar (2012), que Bangoura grabó en Rosario.

Según cuenta Bangoura, su escape de Guinea estuvo motivado no sólo por el contexto de pobreza y violencia que signa la vida en Conakry sino también por su sueño de convertirse en artista. En un pasaje de David y el gran río, la madre del joven recuerda su rechazo a las tempranas inclinaciones musicales de su hijo y lo exhorta –Guinea es un país mayoritariamente islámico– a cortarse las rastas, por lo que no sería apresurado afirmar que Cruzando el mar es, además de un disco, un palimpsesto en el que pueden leerse diferentes choques culturales.

El jazz y el blues tienen su prehistoria en la música africana y su posterior desarrollo en el mapa cultural norteamericano. El hip hop, también una música de raíz negra, guarda en su memoria genética una actualización caribeña ligada directamente al reggae: los DJs Kool Herc y Grandmaster Flash, dos de los lanzadores iniciales del hip hop, comparten un origen caribeño, Barbados y Jamaica, respectivamente.

Se sabe que el hip hop nació a fines de los 70 en el Bronx, en fiestas callejeras en las que varios DJs se turnaban para poner música con la presentación de un maestro de ceremonia (MC), nada muy diferente del soundsystem jamaiquino de finales de los 50. Con dos bandejas, un micrófono y una pequeña consola de mezcla como todo equipamiento, el hip hop original se inventó a sí mismo como una música impura, definida por su permeabilidad estética y su incorporación de sonidos provenientes de cualquier género. Claro que el hip hop nace en Nueva York, corazón del capitalismo norteamericano, por lo que no deja de estar marcado, como apunta el crítico Simon Reynolds, por una lógica predadora, patriarcal e individualista. Más allá de que en la actualidad haya monopolizado la industria discográfica norteamericana y sus principales referentes narren en sus discos sus aventuras de millonarios, la pobreza estructural original del género (el hip hop nace como un arte de la carencia, es música hecha con tocadiscos, no con instrumentos) le permite mantener un aura de autenticidad proletaria. En ese sentido, Cruzando el mar late en sincronía con el primer pulso del género, ligado a una impronta testimonial, denuncialista.

Si el ritmo es el motor de una canción, en el hip hop esa máxima está llevada al extremo. En inglés, “flow” puede ser un verbo (fluir) o un sustantivo (flujo). En el mundo del hip hop, el término se utiliza para distinguir al rapero que tiene la destreza necesaria para encabalgar sus rimas al entramado rítmico de la canción y lograr que el torrente de palabras fluya junto a la música. En el caso de Black Doh, el problema es el castellano. Cuando rapea en su particular mezcla de sussu y francés, su flow es impecable. El castellano, su tercera lengua, se presenta como un obstáculo, un problema métrico y semántico.

Cuenta Plataneo, sobre la escena musical que vio en Conakry: “La referencia en hip hop para los africanos de esa región es el rap francés y la fuerte raíz musical africana, que es realmente impresionante”. Si el jazz y el blues son emblemas de la transculturación que marca el viaje musical de África a América del Norte, el disco de Bangoura encarna una nueva instancia, un rebote de carácter global en el sentido más literal de la palabra, con el hip hop como lengua franca entre Guinea, Francia, Nueva York y Rosario; una música que cruza el mar una y otra vez y que se rediseña en cada puerto.

En Rosario, Black Doh encontró algunos aliados de peso para grabar su primer disco. Don Q, uno de los fundadores de La Rexistencia, aportó sus programaciones y el benemérito Charly Egg se hizo cargo de la masterización.
Pero quizás el aporte más importante lo haya hecho Eduardo Vignoli, responsable de los arreglos y la grabación.

En los últimos quince años, el rock de Rosario expandió sus fronteras estilísticas de la mano de grupos como Los Buenos Modales, Una Cimarrona y Banda en Orsai, los tres motorizados por el ácrata Vignoli y su incansable pulsión por el mestizaje. Basta con escuchar La ambición de las especias (2011), último registro de Banda en Orsai para comprobar la incidencia de Vignoli en la concepción de Cruzando el mar. El debut discográfico de Black Doh posee una rara cualidad: si el hip hop actual parece congelado en la retroalimentación de sus propios códigos, la impronta de Black Doh le otorga un aura casi virginal. Africano en su origen, norteamericano en su mapeo sonoro, rosarino en su realización, el disco representa como pocos los alcances del proceso denominado globalización: las penurias de un escapado africano en la ciudad de la soja al ritmo del hip hop.

publicado en Anuario 2012

 

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