la conspiracion del ruido

Mes: enero, 2015

Un cometa llamado Virus

El verano 85-86 fue la última vez que el Halley alcanzó su punto de mayor cercanía con la Tierra.  Las noches de aquel enero, mis primos y yo las pasamos tumbados en reposeras, la vista fija en el cielo, con la esperanza de ver el cometa del que hablaban los diarios y la televisión, mientras escuchábamos Piano Bar (1984), de Charly García, La dicha en movimiento (1983), de Los Twist, y Nada personal (1985), de Soda Stereo. A los Soda los conocía porque los habíamos visto el verano anterior en los carnavales de la Sociedad Rural y por algunas notas de la revista Pelo, pero a los Virus no los había registrado hasta que la profusa difusión radial de “Una luna de miel en la mano” hizo que me obsesionara con esa canción que mencionaba al cometa.

Con las sucesivas escuchas, el Halley pasó a un segundo plano, sobre todo cuando me di cuenta de que las primeras palabras de Moura se referían al modo en que alguien lo dirigía telepáticamente a la hora del placer. A los once años, el sexo era algo inminente y a la vez muy lejano, y acercarme al significado de esos versos que tanto me gustaba cantar fue toda una revelación: “Tu imaginación me programa en vivo / llego volando y me arrojo sobre ti / salto en la música, entro en tu cuerpo / cometa Halley, cópula y ensueño”.

Ya en la adolescencia, cuando escuchar discos, tocar la batería y leer revistas de rock era todo lo que hacía además de ir al colegio, y sobre todo después de curtir los primeros trabajos de Virus, Locura (1985) perdió su lugar de privilegio frente a la rebeldía festiva de Recrudece (1982) y Agujero interior (1983). Me costaba volver a identificarme con las letras románticas, alejadas del humor ácido que había hecho de Virus, en sus orígenes, algo parecido a una sofisticada banda new wave de protesta hija del Di Tella.

Cierto fundamentalismo setentista que me inocularon algunos amigos mayores que yo mientras me revelaban las maravillas de Invisible, Color Humano, Aquelarre y Pescado Rabioso hizo que ocultara mi amor por la música de Virus. Frente al cuelgue de psicodelia eléctrica y rock progresivo de aquellos grupos, Virus y Soda Stereo aparecían como una mancha “comercial” en mi discoteca. Mucho tiempo después entendí que el rock de los 80 talló su identidad poniendo en crisis las certezas que habían definido el imaginario de los años 70. Si Virus y Soda —por lo menos el Soda anterior a Canción animal (1990)— querían alejarse del legado de Vox Dei y Pescado Rabioso, ¿qué sentido tenía compararlos?

Hace poco volví a escuchar Locura y todo cambió, los viejos defectos se presentaron como virtudes. En ocho canciones de amor completamente alejadas de la relectura new wave del rock de los 50 que había caracterizado los primeros discos de Virus, Locura se erige como la cima del pop de sintetizadores de los años 80. Relax (1984), su antecesor, reflejaba ya desde su título la necesidad del grupo de bajar el tempo de las canciones, abandonando de a poco la impronta hiperquinética y bailable. Los teclados adquirieron un rol preponderante y la vieja batería acústica de Mario Serra fue reemplazada por una Simmons. “Dame una señal”, un anticipo del clímax romántico, es la llave de esa progresiva desaceleración. En la discografía de Virus, Relax es el puente entre la primera época de la banda, desfachatada, discotequera y acelerada, y la final, madura, hedonista y sensual.

Locura es un disco de amor en un sentido proustiano, cada una de sus canciones aborda una obsesión diferente, tal como ocurre en las novelas de En busca del tiempo perdido: los celos enfermizos y la reclusión de la persona amada (“Destino circular”), el deseo voraz (“Pronta entrega”), el placer ocasional como modo de conjurar el vacío (“Tomo lo que encuentro”)…

La banda suena helada, nada queda del sudor rockero de Recrudece y Agujero interior, y quizás la mejor decisión de los Virus en la mezcla del álbum haya sido oponer a ese diseño sonoro gélido la honda calidez de la voz de Federico Moura, tan intensa en su vaivén entre la desprotección, la entrega, el vicio y la apatía. Nada personal, editado ese mismo año, comparte el concepto del sonido artificial —ni hablar del segundo álbum de GIT, también del 85— pero la voz de Gustavo Cerati está bañada en látex. El arrullo tibio de Moura, en cambio, hace de cada palabra una declaración de amor, incluso en los momentos que transmite indiferencia y lejanía.

Locura es un disco elegante, orientado hacia la seducción, distante y entregado a la vez, predispuesto al goce pero no al compromiso. Carece de la urgencia de sus antecesores, su impronta es reposada y madura, como la de un sibarita experimentado que se toma su tiempo para disfrutar en cámara lenta, o como la un adicto que se sabe hundido en el vicio y a la vez se siente mejor –y más frágil– después de consumir eso que lo hace feliz, aunque sea por un rato.

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Desenchufando la licuadora

En Nuestros 90 (2000), el documental de Pablo Teobaldo sobre el rock rosarino de aquellos años, Andrés Abramowski decía que para él no había diferencia entre cantar en la ducha y en el escenario, una idea que además de definir las características de su álbum debut, Seguí participando (1999), encerró a El Regreso del Coelacanto en el molde de banda simpática y destartalada con la que se podía pasar un buen rato y nada más. Si su líder insistía en presentarse como un aficionado, ¿por qué el público habría de tomar al grupo en serio?

“Lo que vale es la melodía”, concluía Abramowski, restándole importancia a la interpretación de esa melodía ideal y justificando, de paso, su desempeño vocal. Se puede estar de acuerdo con Abramowski —la historia del rock está llena de buenos cantantes que no se caracterizaron por su afinación—, pero también es válido pensar que una buena melodía no necesariamente resiste una interpretación floja. El hilo del análisis es muy delgado y el debate excede el alcance de este texto.

El tiempo se encargó de limar el dogma porque en Esperando que caiga la pelota (2002), en el que se percibía una mayor seriedad a la hora de trabajar el sonido, los arreglos y la ejecución, ese  deliberado amateurismo se había convertido en un problema. La incomodidad que recorre el segundo álbum del Coelacanto es el producto del choque entre la postura anti profesional del grupo en sus orígenes y el lógico crecimiento que llega con los años. Lo que comenzó como una joda entre amigos, se volvió algo serio.

Cinco años después llegó Bailen giles (2007), producido por Pablo Romero, del grupo Árbol, cuyo mayor aporte fue, tijera en mano, mostrarle al Coelacanto que una buena idea podía sintetizarse en tres minutos. Ese solo movimiento enfrentó a los músicos con el componente pop que latía en sus canciones, oculto, hasta ese momento, detrás del acto reflejo de complejizar las cosas porque sí. Aclaración: no el pop pensado como género sino como una idea estética que privilegia la sencillez. La segunda consecuencia de la poda fue que las letras pasaron a ocupar un lugar central, por lo que Abramowski tuvo que cerrar la ducha y encarar su tarea de un modo más profesional. De alguna manera, el Coelacanto es una banda que evolucionó a pesar de sí misma.

Pero Abramowski ya había comenzado a tomar clases de canto antes de la grabación de Bailen giles; y el salto que representa el álbum en la historia de la banda tiene que ver no solo con la brevedad de las canciones, sino también con una marcada mejoría en la performance vocal. Sin embargo, la identidad musical del Coelacanto seguía siendo elusiva. El acústico De madera (2010) refleja el intento de profundizar la lógica sustractiva de Bailen giles.

Los motivos que hacen de Por el borde (2014) el mejor disco del Coelacanto son dos. Uno: es la primera vez que las canciones lograron perforar el corset del random estilístico que caracterizó los trabajos anteriores. Más claro: salvo un par de excepciones (la lograda cumbia “Me vuelvo loco”, por ejemplo), quedan pocos rastros del automatismo que hacía del Coelacanto una banda que interpretaba géneros antes que canciones. Los músicos parecen haber comprendido que la fórmula de hacer de cada disco una licuadora de ritmos y estilos ya no garantizaba frescura y desparpajo.

Dos: la producción artística de Dani Pérez, que, no está de más recordarlo, fue el responsable del mejor disco de Los Vándalos (No significa nada, 2009). Pérez le dio cohesión, orden y sobriedad al siempre abarrotado espacio sonoro del Coelacanto. A diferencia de Romero, que en Bailen giles trató de hacer del Coelacanto un hermano menor de Árbol, Pérez potenció los elementos más atractivos de la banda. Quizás su decisión más trascendente haya sido ubicar a la guitarra líder en el centro del espectro y convertirla en el eje sobre el que giran las canciones de Por el borde, lo que permite apreciar el trabajo de Federico Alabern en toda su dimensión.

Talentoso y dúctil, en estas trece canciones, Alabern descarga todo su arsenal técnico, hecho de fracturas frippeanas, velocidad tex-mex, solos inspirados, riffs pesados y texturas de puro ruido. El guitarrista es, además, el autor de la extraordinaria “Ettore Scola”: si la crisis existencial de los 40 años es real —y vaya si lo es—, esta es una de sus postales más potentes y definitivas. Los sueños y proyectos incumplidos arden como llagas en madrugadas insomnes y solitarias, y las frustraciones son cascotes que se acumulan en la garganta. Sobre el final de la canción, con el protagonista en plan Tony Montana, el ruido blanco de las guitarras acentúa la inmovilidad acelerada de la escena, es el sonido insoportable del silencio autodestructivo; el vampiro lastimado huye del rayo de luz que se filtra por la persiana baja —del otro lado está despertando la ciudad maldita— y no puede pensar en otra cosa que no sea en el próximo cross, o en un Valium. Como el film Nos habíamos amado tanto (1974), la canción, que homenajea a su director, habla de las ilusiones perdidas y de cómo el mundo cambia a la gente que quiso cambiarlo.

El perfil menos atractivo del Coelacanto sigue siendo el tono de fábula infantil con moraleja didáctica que emerge en canciones como “Piñata”. Lo mismo pasaba con “Chicos” en Bailen giles: la banda que estaba tocando en un sótano mal iluminado y lleno de humo, de golpe, cortaba el mambo rockero y se trasladaba al pelotero. Pero, afortunadamente, la atmósfera de Por el borde la definen las afiladas “El artista portátil”, “Basta de avisarme que me caigo” y “Despacio”, de lo mejor en la discografía del grupo.

Hasta Por el borde, el destino del Coelacanto parecía ser la desorientación, la repetición de tics, el acierto o el error según cayera la suerte. No tiene nada de malo buscar y probar, y si algo puede decirse del combo liderado por Abramowski es que siempre fue a fondo con sus ideas. Pero después de tantos años de carrera, la falta de un perfil definido lo acercaba peligrosamente al lote de post hippies que creen que pueden armar un repertorio con un blues, una ranchera, un tango, un bolero o un ska, y no comprenden que quizás lleve una vida arrimarse a la lógica de cada uno de esos géneros que interpretan tan livianamente.

No hay que olvidarse que el Coelacanto se formó a comienzos de la década de los 90, cuando el mestizaje que popularizó Mano Negra provocó un terremoto estilístico en Latinoamérica. A esa maceración de hardcore, ska, hip hop, rumba y cualquier otro género que estuviera a mano se le dio el nombre de alterlatino. En Rosario, bandas excelentes —Carmina Burana (oriunda de Firmat), Los Buenos Modales y Rosario Smowing, por nombrar tres— asomaron la cabeza de esa hermosa confusión. Pero la luz libertaria de la diversidad también encandiló a más de uno y quizás esa sea la razón por la que el Coelacanto pasó gran parte de su carrera licuando influencias y géneros de manera mecánica. Hoy, la sombra que perseguía a la banda de un disco a otro —la heterogeneidad como acto reflejo— parece haber desaparecido y las nuevas canciones respiran su propio aire; el Coelacanto suena más libre, y allí donde antes todo era huidizo y mercurial asoman una identidad y un sonido estables. Sólido y homogéneo, Por el borde es la foto de un grupo que por primera vez suena a sí mismo. Ni más ni menos.

http://elregresodelcoelacanto.bandcamp.com/