Rock del espacio exterior

Al comienzo del documental Cracked Actor (1974), mientras recorría en auto las infinitas rutas norteamericanas, un David Bowie totalmente colocado afirmaba, después de escuchar “(You Make Me Feel Like) A Natural Woman” en la voz de Aretha Franklin, que en Estados Unidos, donde había decidido instalarse, se sentía como la mosca que flotaba en el cartón de leche del que estaba bebiendo, un cuerpo extraño. A mediados de ese año, con la colaboración fundamental de Luther Vandross y rodeado de los mejores sesionistas, se dio el gusto de hacer un disco de soul de manual, Young Americans (1975), una mezcla de declaración de amor y desafío a la música negra norteamericana que buscaba demostrar, invirtiendo su metáfora, que un inglés blanco como la leche podía sonar tan negro como una mosca y, de paso, conquistar el mercado discográfico más grande del mundo. Station to Station (1976), sucesor de Young Americans, registrado en apenas diez días y en un estado mental cercano a la psicosis, revela la velocidad a la que se quemó su sueño norteamericano.

Cuando Bowie entró a los estudios Cherokee de Los Ángeles en septiembre de 1975, el glam y el soul se estaban convirtiendo en lentejuelas descoloridas, en vestidos de lamé apolillados que quería sacarse de encima para forrarse en cuero y sintonizar el pulso de la vanguardia europea, con Berlín como nueva base de operaciones y los discos de Can, Kraftwerk y Neu! como música de fondo. Si Low (1977) fue el disparo inicial de una nueva etapa, Station to Station es la foto del cambio de vestuario que lo precedió.

Solo al escuchar Young Americans, Station to Station y Low en orden cronológico y de una sola sentada puede apreciarse la magnitud de una metamorfosis que comienza en la apropiación devota del soul de Filadelfia, continúa en la puesta en crisis de ese mismo material y desemboca en una música de laboratorio, compuesta y grabada de un modo casi científico, que parte del fragmento para dirigirse a la abstracción.

Station to Station es pura transición, así suena Bowie cuando demuele las paredes de su laberinto creativo. El soul clásico ya no es el objeto de su obsesión, sino la plataforma rítmica que utiliza para llevar su música hacia un concepto de neto corte experimental, disfrutando, al mismo tiempo, de sus últimos momentos de descontrol en Los Ángeles, una ciudad asfixiada de cocaína. Station to Station ofrece dos opciones: se puede bailar o se puede escuchar. En Low ya no hay alternativas.

La canción que abre y titula el álbum es una suite que disuelve de modo magistral el antagonismo entre el rock progresivo y la música disco, pero es en la subvalorada “TVC15” donde todos los trucos funcionan. El significado de la letra es un misterio —como casi todo en Station to Station—, lo único que se sabe es que retoma una historia que Iggy Pop le contó a Bowie, sobre una novia suya que fue engullida por un televisor.

Todo comienza en el piano honky tonk de Roy Bittan, miembro clave de la E Street Band, y en los aguijones que el guitarrista Earl Slick disemina en las estrofas. Un sencillo pasaje escalonado en los tom toms introduce un estribillo en el que la guitarra rítmica y el bajo trotan a la par. Sobre esa base bailable, enrarecida por las palmas que caen en el tercer tiempo del compás, Bittan despliega su extraordinaria caligrafía sincopada para que Bowie estire apenas unas pocas notas en el saxofón; sobre el final, los coros buscan su camino hacia el cénit. Si bien no se asienta en la temática espacial con la que Bowie venía jugando desde “Space Oddity” (1969), musicalmente, “TVC15” es rock del espacio exterior, el punto más alto de su dominio astronómico.

Entre paréntesis, Lester Bangs tenía razón cuando escribió que Station to Station era un gran disco de guitarras; basta con calzarse los auriculares para disfrutar en plenitud de la esgrima que Carlos Alomar y Earl Slick desarrollan a lo largo del álbum. ¿Alguien puede decir cuántas guitarras fueron grabadas en “Stay”?

Era esperable que Bowie, en algún momento, compusiera una canción sobre el aterrizaje forzoso de su nave. “Ashes to Ashes”, incluida en Scary Monsters (1980), habla de la necesidad de volver a poner los pies sobre la tierra tras años de encierro, adicción y extrañeza: harto de flotar en soledad, el astronauta —el pobre Major Tom, tan alto en el cielo como enterrado en un pozo de angustia— solo quiere bajar. Las interpretaciones que encuentran en esta canción una metáfora sobre la vida alienada de una estrella de rock son acertadas. El aislamiento y las drogas pueden llevar a la locura, y en “Ashes to Ashes” Bowie amplifica la pesadilla esquizofrénica de su soledad adicta al replicar en los puentes la voz líder con otra que balbucea, un segundo después y con una intención diferente, las mismas palabras; es un monólogo espejado que funciona como diálogo enfermizo y circular.

El crítico Ben Graham explica que Station to Station es un álbum prepunk no solo en un sentido cronológico sino también conceptual porque reconoce el anquilosamiento de la aristocracia rockera de la que su autor formaba parte. Bowie grabó el disco, dice Graham, plenamente consciente de que el edificio que lo tenía como uno de sus inquilinos más destacados se estaba desmoronando. Es improbable que Bowie haya estado tan lúcido como para percibir eso que apunta Graham: entre las toneladas de merca y las lecturas ocultistas, quién sabe lo que pasaba por su cabeza. Sin embargo, el argumento tiene un punto fuerte porque en 1975 no había en el rock otro artista más atento que Bowie a la música que sonaba a su alrededor.

Graham también afirma que a mediados de los 70, Bowie se parecía demasiado al duque Des Esseintes, protagonista de Contranatura (A rebours, 1884), la novela de Joris Karl Huysman. La historia de Des Esseintes, también un delgado y decadente duque blanco, es la de un aristócrata que dedica gran parte de su vida a experimentar el placer en todas sus formas y que, una vez que sus sentidos, estimulados hasta la saciedad, ya no le responden, decide aislarse del mundo en una mansión atiborrada de obras de arte. La comparación es válida porque al Bowie agorafóbico y cadavérico de Station to Station solo le quedaba una sola cosa por probar: el vacío. Eso, o instalarse en Berlín para convertirse en un androide perfecto.

Anuncios