la conspiracion del ruido

Mes: abril, 2015

Mauro Digerolamo, la banda sonora de la ciudad (*)

Después de integrar junto a Julio Franchi el grupo Hermosos Perdedores, Mauro Digerolamo inició su carrera solista en 2008 con Estoy jugando, un álbum que contenía las virtudes y defectos que, por lo general, caracterizan todo primer disco: frescura y un foco estilístico demasiado amplio; talento en estado crudo y una necesidad imperiosa de mostrar todas las cartas y recorrer todos los géneros posibles. Algunas canciones de aquel disco, en particular “Todo lo bueno” y “Lo siento”, mostraban que el evidente talento compositivo de Digerolamo cobraba mayor potencia cuando su antena se orientaba hacia un formato más rockero.

Su segundo álbum, Actitud de entrega, primer lanzamiento del sello Sublatir, editado el año pasado, si bien repite el impulso ecléctico, deja entrever que, lentamente, Digerolamo se encamina hacia la constitución de un estilo propio inscripto netamente en el rock. Para comprobarlo basta con escuchar canciones como la notable “Cosas nuevas”, uno de los muchos puntos altos que tuvo el concierto que el músico ofreció el fin de semana en McNamara.

La banda que acompaña a Digerolamo funciona como una máquina de alta precisión: Fabricio Magaldi en guitarra, Juan José Flores en bajo, Tito Barrera en batería, Gustavo Fernández en teclados y Bruno Ferrúa en percusión le brindan un soporte compacto y de elaborado vuelo musical. El grupo sigue sin sobresaltos el viaje que propone Digerolamo, que tiene escalas en el country modelo Rubber Soul de “Daia (Buscando la alegría)”, pasa por el bolero en “Porque tengo que vivir” y desemboca en los aires rioplatenses de “En sus ojos (la mística)”. La ductilidad de los músicos es clave para armar un edificio sonoro plagado de matices que no pierde sutileza cuando hay que pisar el acelerador en pasajes más rockeros como “No puedo parar”.

La amplitud estilística que muestra Mauro Digerolamo en su propuesta responde a su rica formación musical, a la facilidad con que amalgama elementos y ritmos diferentes en un todo coherente sin que se noten las costuras. Es difícil definir el talento con palabras pero sólo hay que escuchar canciones como la hipnótica “Estudio en sol” para comprobar que estamos en presencia de uno de los mejores cantautores que Rosario haya dado en mucho tiempo.

Hay que seguir de cerca los pasos de este artista que lentamente está escribiendo la banda sonora de la ciudad con inspiración costumbrista mientras anda “en la bicicleta por el barrio / con la mente abierta como el cielo”, como canta en la filantrópica y tangueada “Laburante” .

(*) Publicado en La Capital, mayo de 2013.

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Tocando el sol con las manos

A comienzos de los años 90, Mercury Rev, sexteto norteamericano oriundo de Búfalo (Nueva York) que se había formado con el objetivo de musicalizar los cortometrajes de sus integrantes, dejó de ser una broma entre amigos para convertirse en una usina de música desafiante y experimental que grabó algunos de los discos más estimulantes de la década. Los dos primeros, Yerself is Steam y Boces, de 1991 y 1993 respectivamente, podrían ubicarse en el ancho mundo del post rock si no fuera porque la pulsión por el desmadre que los motoriza supera la impronta intelectual del grupo.

Esto no quiere decir que en aquellos momentos liminares Mercury Rev fuera solo una máquina de ruido y disonancia, sino que, mientras hacía equilibrio sobre el delgado hilo que separa la reflexión del caos, el grupo optaba por inclinar el fiel de la balanza, apenas, hacia el lado oscuro.

En estos álbumes, David Baker (voz), Jonathan Donahue (guitarra y voz), Grasshopper (guitarra), Suzanne Thorpe (flauta), Dave Fridmann (bajo) y Jimy Chambers (batería) trabajan la dinámica de sus composiciones en plan sube y baja, y subrayan el contraste entre la sutileza y el descontrol, estilemas que fechan su música de manera definitiva en el rock de los años 90.

Por más que en las primeras escuchas parezcan complejas hasta el borde de lo inaccesible, las viejas canciones de Mercury Rev se construyen a partir de ideas sencillas sobre las que el grupo machaca y machaca hasta encontrar petróleo. Sobre el final de “Chasing a Bee”, la demencial apertura de Yerself is Steam, Baker susurra el plan de operaciones de aquellos años: “What once was lost, will never be found/ keep spinning in circles until you break new ground”.

Para el lanzamiento de Yerself is Steam, los Mercury Rev, que eran prácticamente desconocidos en su país, firmaron un contrato con el sello londinense Rough Trade. El álbum tuvo una buena recepción en la escena independiente británica, pero cuando llegó el momento de su edición norteamericana, la subsidiaria de Rough Trade se declaró en quiebra y el disco quedó olvidado en un cajón, sin difusión ni distribución. La banda realizó una gira por Inglaterra plagada de conciertos erráticos y escandalosos, luego firmó un nuevo contrato con Sony y comenzó a grabar las canciones que conformarían Boces. Poco tiempo después se embarcó en una gira por Estados Unidos que terminó de romper la ya astillada relación entre Baker y sus compañeros. Si bien en Mercury Rev reinaba una saludable anarquía democrática, el descontrol —artístico y personal— que proponía Baker era una mochila demasiado pesada para el resto del grupo, que, a juzgar por la música que vendría, buscaba un poco de orden. Tras su salida de Mercury Rev, Baker siguió adelante con su hilarante delirio para grabar, bajo el seudónimo de Shady, el excelente World (1994).

See You on the Other Side (1995) es el primer disco de Mercury Rev sin Baker y con Jonathan Donahue, hasta entonces segunda voz y guitarra rítmica, en el rol de líder. Más allá de que los músicos se aferren a las ideas que convirtieron a Mercury Rev en una de las agrupaciones más originales de la década, See You on the Other Side marca el momento en que comienzan a suavizar el costado más revulsivo de su música. Un mes después de la salida del álbum, y con el nombre del grupo oculto bajo el seudónimo Harmony Rockets, apareció una improvisación de 40 minutos titulada Paralyzed Mind of the Archangel Void, la despedida de los años de experimentación densa.

Alumno aplicado de la escuela cancionística de John Lennon, Brian Wilson y Bob Dylan, Donahue encabezó un proceso de decoloración y sustracción: el ataque brutal de las guitarras distorsionadas, la acuarela psicodélica y el corte entre progresivo y jazzero que llevaba muchas de las canciones del grupo más allá de los ocho minutos dieron paso a un bucolismo de tono sepia, una instrumentación más concentrada y composiciones orientadas hacia el pop en términos formales. La transición desembocó en el inesperado Deserter’s Songs (1998); inesperado porque no se parecía a nada de lo hecho por el grupo hasta el momento y porque en aquel entonces ya nadie se acordaba de Mercury Rev.

El álbum, elegido como el mejor disco del año en la mayoría de las revistas especializadas, confirmó la deserción de Mercury Rev del batallón ruidoso que alguna vez integró y la capacidad de Donahue como productor, tarea con compartió con Dave Fridmann, también bajista de The Flaming Lips, banda con la que Mercury Rev tiene varios puntos de contacto y en la que Donahue ocupó el rol de guitarrista líder durante un tiempo, incluida la grabación del gran In a Priest Driven Ambulance (1990).

Bajo el liderazgo de Donahue, Mercury Rev se adentró en el sonido leñoso de los primeros discos de The Band. De hecho, en Deserter’s Songs participaron Garth Hudson y Levon Helm, y el álbum fue grabado en una casona ubicada en las montañas Castkills, a tiro de piedra de Big Pink, cuna de las mejores canciones de The Band y las Basement Tapes de Bob Dylan. Dato al margen: la región mantiene, a pesar del paso del tiempo, su magia y aroma característicos: dos años atrás, The Men grabó su mejor disco, New Moon (2013), en la cercana aldea Big Indian.

Pero antes de la majestuosidad onírica y pastoral de Deserter’s Songs está See You on the Other Side. “Sudden Ray of Hope” y “Everlasting Arm” quizás sean sus momentos más logrados, pero el grupo toca el sol con las manos en “Racing the Tide”, que habla de la inminente revelación de un misterio: “Estoy tan cerca, casi estoy adentro”, canta Donahue una y otra vez mientras empuja a sus compañeros hacia ese otro lado del que habla el título del disco. Los teclados sugieren un clima entre religioso y espiritual, y la flauta de Suzanne Thorpe entibia las estrofas con su arrullo de madera. Retomando el programa de sus primeros años —aquello que cantaba Baker en “Chasing a Bee”—, el grupo repite una misma estructura a la que dota de mayor dramatismo en cada vuelta hasta lograr el clímax tan deseado. En el estribillo instrumental, una formidable orquestación de guitarras, teclados y vientos, Mercury Rev alcanza el punto de fisión y atraviesa por un momento el portal hacia esa dimensión desconocida que buscó durante tanto tiempo, y que nunca más volvería a cruzar.