Bombachas, no estampitas: a propósito de la muestra Yo, Sandro

Por más que el imaginario popular lo ubique automáticamente en ese lugar, Sandro no es el primer lanzador del rock argentino. Y si bien esta clase de debate carece de sentido, vale la pena separar los tantos porque la historia que comienza en Los Gatos y continúa en Manal y Almendra tiene características muy diferentes a las del fenómeno Sandro, cuyos dos primeros discos se adentran en el rock and roll clásico con versiones en castellano de temas de Ray Charles, Roy Orbison, The Beatles y Dave Clark Five, un plan similar al que había convertido al grupo mexicano Los Teen Tops —que visitó Rosario en abril de 1964— en un furor latinoamericano a comienzos de esa década. Antes de la metamorfosis que lo llevó de ser un sucedáneo bonaerense del primer Elvis Presley a un aplicado discípulo de Charles Aznavour, Sandro armó su repertorio con covers mal traducidos, y más allá de que en su debut Sandro y Los de Fuego (1965) se incluyan un par de composiciones originales, estas no alcanzan para darle el lugar de pionero porque son meras copias de algunos éxitos de la época y no anticipan ni empardan la originalidad arrolladora de canciones como “Corriendo en la oscuridad” de Los Gatos, “A estos hombres tristes” de Almendra, o “Una casa con diez pinos” de Manal.

Su tercer disco, El sorprendente mundo de Sandro (1966), marca el inicio de una etapa más profesional con la salida de Los de Fuego y la entrada del versátil Black Combo como nuevo grupo de acompañamiento, con músicos provenientes de la escena del jazz como Adalberto Cevasco y Bernardo Baraj. En su sucesor Alma y fuego (1966) asoman de modo más definido las señales liminares del cambio. Perviven las adaptaciones al castellano de éxitos de The Kinks y Roy Orbison —quedaron fuera del álbum un logrado acercamiento al hit “I’m ready” de Fats Domino (“Estoy pronto”) y una versión absurda de “Blowin’ in the wind” de Bob Dylan—, pero el tono general de la placa es más reposado y el furor rockero cede su lugar a piezas del estilo de “Como caja de música”, de Sandro y Oscar Anderle, su socio compositivo en los inminentes años dorados. Puro exceso melodramático sin refinar, la canción condensa los tics y ademanes del estilo histriónico que buscaba un nuevo público, integrado ya no por adolescentes sino por mujeres maduras dispuestas a dejarse llevar por historias de amantes desbordados por una loca pasión que solo podía ser expresada con gemidos y susurros temblorosos.

Una primera conclusión: en 1966, el año de Pet Sounds (The Beach Boys), Revolver (The Beatles) y Blonde on Blonde (Bob Dylan), discos decisivos en la música del siglo XX porque anuncian la sofisticación del rock y su consolidación como un nuevo lenguaje que podía ser popular y experimental al mismo tiempo, Sandro, tal como había hecho Presley a comienzos de la década, opta por la comodidad previsible y satinada de la canción romántica.

Beat latino (1967), último trabajo junto al Black Combo, clausura la etapa rockera con dos canciones de su autoría: “Ave de paso”, casi una reescritura de “I’ll get you” de The Beatles, y “Queda poco tiempo”, además de una versión acelerada de “If I were a carpenter”, del gran Tim Hardin.

El álbum, que toca su pico pasional en “Con los ojos del recuerdo”, de Sandro y Anderle, marca la entrada de Jorge López Ruiz, responsable de los arreglos en el período que va de Una muchacha y una guitarra (1968) hasta Sandro espectacular (1971). Su reemplazante será Jorge Leone.

“Quiero llenarme de ti”, que en 1967 recibe el premio mayor en el Primer Festival Buenos Aires de la Canción, confirma el éxito de la metamorfosis. La posterior actuación en el Festival de Viña del Mar a comienzos de 1968 sella el nuevo perfil artístico y prologa la consagración continental que llega en abril de 1970, cuando el concierto realizado en el Madison Square Garden de Nueva York (no en el auditorio principal, sino en el más pequeño fórum) se televisa vía satélite y rubrica el epíteto que titulaba el álbum de 1969: Roberto Sánchez es, a partir de este momento, Sandro de América.

A treinta y seis meses y un millón de años luz de su origen en clave rockera, Sandro se reinventa como la gran estrella cinematográfica del mercado latinoamericano. Es su etapa musical más radiante: entre Una muchacha y una guitarra (1968) y Live in Puerto Rico (1975) graba doce discos que lo muestran como un compositor e intérprete sólido y seguro de sí mismo, en la plenitud de la identidad artística que siempre había buscado, la del cantor popular.

La saga cinematográfica comienza en 1969 con su primer rol protagónico en Quiero llenarme de ti, y sigue en La vida continúa (1969), Gitano (1970) —dirigidas por Emilio Vieyra—, Muchacho (1970), Siempre te amaré (1971), Embrujo de amor (1971), Destino de un capricho (1972) —dirigidas por Leo Fleider—, El deseo de vivir (1973, de Julio Saraceni), Operación rosa rosa (1974) —con dirección de Fleider y guión de Sandro— y Tú me enloqueces (1976), primer y único film que escribe y dirige.

La exposición Yo, Sandro centra su eje en este período y ayuda a vislumbrar el impacto colosal del artista en Latinoamérica. Además de las fotos, los afiches, los premios y un largo etcétera, la muestra también acerca su perfil menos conocido pero quizás más importante, el musical. Allí estaban, para deleite de los amantes del sonido y la tradición, las joyas que Sandro atesoraba en su Xanadú de Banfield: una guitarra Gibson Barney Kessel de 1964, un teclado Arp String Ensemble de 1974, una Fender Telecaster de 1954 que hasta Keith Richards envidiaría y una espléndida guitarra española firmada por el luthier Sergio Repiso.

Y mucho más: álbumes, simples, cuadernos en los que el adolescente Roberto Sánchez practicaba su autógrafo, el programa de su actuación en el Carnegie Hall de Nueva York, letras de canciones escritas en papeles membretados de hoteles cinco estrellas, cartas de admiradoras y una selección de fotos íntimas. Y, por supuesto, las pilchas, exhibidas en una sala apenas iluminada para acentuar la intimidad del momento: los trajes onda Elvis etapa Las Vegas, una chaqueta tipo bolero con pedazos de espejos incrustados, las batas para la intimidad glamorosa del camarín y el mono en charol quebrado que usó para la legendaria tapa del disco Sandro espectacular. A modo de cierre, la muestra permitía el acceso a una réplica de la ducha privada del ídolo.

Su inicial conexión con el rock fue una alianza por conveniencia, y lo mejor de su carrera llegó cuando se reinventó como cantor romántico, movimiento que le valió, para los códigos rockeros de aquellos años, el mote de “grasa”. Sin embargo, con el paso del tiempo, grandes artistas del género lo convirtieron en figura de culto: Charly García y Pedro Aznar lo llamaron para que cantara “Rompan todo”, el cover de Los Shakers incluido en Tango 4 (1991), Virus grabó el soberbio “Atmósfera pesada” en el disco Tributo a Sandro (1998), los Babasónicos le declararon su amor en el hit “Irresponsable”, y existe una leyenda urbana que afirma que Gustavo Cerati, cuyo estilo vocal le debe más de una inflexión, se prosternó ante el ídolo en un restaurant porteño a finales de los 80.

Sandro persiguió con furor ciego el dictado de su intuición y no descansó hasta convertirse en el artista más exitoso de su época. Su carisma, su impresionante ligazón emocional con el público y su sorprendente capacidad de trabajo lo convirtieron en una leyenda viva. Fue el demiurgo de su propio universo, el creador de una mitología y una obra que trascendieron categorías estilísticas y barreras generacionales. Inalcanzable y familiero, previsible y magistral, popular hasta el límite del delirio, su huella en la cultura argentina, sin entrar en comparaciones de tipo artístico, solo puede ser comparada con la de su ídolo Carlos Gardel, otro morocho arrabalero. Como dijo su amigo y rival Palito Ortega, “… si yo materializaba los sueños de miles de personas que llegaban del interior en busca de un futuro, él representaba a cualquier pibe de barrio. A mí me tiraban estampitas, a él bombachas”.

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