Chicodinamitaamor: la novela y el mito de Coki Debernardi

Si bien todos los trabajos de Coki Debernardi incluyen canciones en las que habla de sí mismo, Chicodinamitaamor (2015) es el primer disco en el que, además de reconocer y reclamar su lugar de clásico, Coki delinea de manera decidida los perfiles de su propio mito, el de un artista que se siente cómodo tanto en el hondo bajo fondo como en las cúpulas. Cualquiera que camine la noche rosarina lo sabe: a Coki te lo podés cruzar en un garito maloliente repleto de punks y dealers, horas antes de que se tome un avión con destino a Madrid para tocar con Fito Páez.

La vida bohemia es el humus que nutre el arte de Coki. La bohemia es una zona nocturna y liberada, el ecosistema de los marginales y los poetas. Pero un bohemio, de Baudelaire para acá, es, además de un hedonista que busca nuevas experiencias en el límite, un espíritu refinado.

Coki siempre fue lo suficientemente inteligente como para entender que la moneda puede caer de un lado o del otro —una noche no te alcanza la plata para comprar una cerveza en un kiosco de mala muerte, y a la siguiente no te alcanzan las horas para gastar el millón de dólares falsos que encontraste en el asiento trasero de un auto abandonado y cosido a balazos—, pero lo que antes aparecía en sus letras como simples anécdotas autobiográficas, hoy se presenta como el diseño de una mitología personal. Para despejar cualquier duda, ahí está la letra de “Alfombra voladora”.

El asunto, en esta época de redes sociales, puede prestarse a confusiones, sobre todo porque Coki es un artista de culto, y sus fanáticos, como los devotos de cualquier religión, prefieren ignorar su capacidad para crear personajes e historias ficcionales, lo que equivale a desconocer el nudo de su riqueza artística. Coki es un buen cronista, pero ese es solo uno de sus perfiles creativos. Al revés de lo que ocurría al comienzo de Rayuela (1963), cuando Julio Cortázar trazaba las características de su público al avisar que los personajes de su novela —y por consiguiente, en el caso de Rayuela, sus lectores— no pertenecían a la clase de gente que aprieta el tubo de dentífrico desde abajo, los fanáticos de Coki fuerzan la hagiografía y leen en sus letras páginas de una autobiografía que no es tal. Ni el chico dinamita amor ni el chico que bailaba lento son proyecciones de su personalidad, sino los protagonistas de sus historias. Creer que la obra de Coki se reduce a una suerte de reality show de su vida es no entenderlo ni un poquito.

Mucho tiempo atrás, en el transcurso de una entrevista, le pregunté por qué no se radicaba en Buenos Aires, donde su música podría gozar de difusión a escala nacional. Me dijo que prefería quedarse en Rosario porque en Buenos Aires iba a tener que ocuparse de cosas que no le interesaban —insertarse en circuitos cool, pensar un día entero qué pantalón tenía que usar para ir a determinado evento— en lugar de dedicar ese tiempo a componer y cantar. Considerando que entre 1998 y 2015 editó nada más que cuatro discos de estudio, un simple y un EP de covers, es válido concluir que su respuesta fue tan verdadera como falsa.

Desde su lanzamiento como solista, Coki viene demostrando buen olfato para elegir a sus músicos. Repasando la nómina rápidamente, los updates siempre fueron acertados: Gonzalo Aloras, Pablo Dacal, Sergio Barrilis, Julián Acuña, Emiliana Arias, Franco Mascotti y Pablo Giulietti. Cada uno de ellos aportó en su momento no solo juventud, sino también un enfoque novedoso al clasicismo rockero que habita en el ADN de sus canciones. A diferencia de artistas que nunca cuestionan sus ideas y que se rodean de músicos más jóvenes para renovarse solo en términos de audio, Coki disfruta cuando lo sacan de su zona de seguridad. Quizás esa sea la razón por la que las nuevas generaciones lo respetan y disfrutan de su música.

Al respecto, una breve anécdota autobiográfica: yo formé parte —junto con Delfina Arias, Gonzalo Aloras, Lisandro Falcone y Vandera— de los primeros Killer Burritos, un año antes de la grabación de Mi parrillada (1998). No era poca cosa: Coki venía de liderar Punto G, el único grupo de los 80 con el que sentía una conexión porque en sus recitales desparramaba una dosis de rock y adrenalina inhallable en la escena local. A Coki le gustaba incorporar nuestras ideas a su laboratorio de trabajo, y que nos pidiera sugerencias en los ensayos era tan sorprendente como estimulante. No conocí otro artista tan dispuesto a que otros manipularan su obra.

Entre Chicodinamitaamor y sus antecesores hay dos diferencias muy notorias. La primera es la cohesión en la producción artística. Coki siempre quiso que sus trabajos tuvieran una unidad de criterio, pero esta nunca se terminó de plasmar de manera categórica ni en el sonido ni en el acabado final, quizás porque carecían de la mirada panorámica que diferencia un álbum de un mero rejunte de canciones. La segunda es la unidad temática, que Coki no plantea de modo transparente —tampoco la oculta—, sino que pide al oyente que la lea entre líneas. Chicodinamitaamor respira violencia. La factura trunca de la canción que titula y abre el álbum —termina con el cierre de su único estribillo— se corresponde con la velocidad a la que se consume la mecha del chico-cartucho, que antes de explotar te interpela: “Vas a ver que me quemé y no supe nada / Y ahora ves cómo te estás quemando vos”.

Después del estallido inicial, se suceden historias que en algún recodo presentan una situación violenta: el pibe que mata a sus compañeros de colegio, los amantes que se cagan a trompadas, drogas, locura, soledad… Hay excepciones como el country dylanesco “Parque de canciones”, una feliz declaración de amor a la música, pero la mayoría de las letras del disco dejan un regusto amargo.

Chicodinamitaamor no tiene temas flojos o de relleno, pero dos canciones se despegan del resto y son el piedrazo en el espejo que nos permite ver en estado puro la oscuridad que Coki suele disfrazar en esas páginas de melancolía festiva que le salen de taquito y que podrían formar parte de cualquier disco de Los Rodríguez.

“Dinamita2”, el cierre del disco —un cierre hermético, sellado al vacío—, llega flotando entre el humo de la explosión inicial y retoma, a la manera de Coki y tres décadas después, la historia de esos chicos que eran “como bombas pequeñitas” en el clásico de Los Redondos “Ji Ji Ji”. Coki sabe que una muerte violenta es una muerte injusta y entonces nada muere del todo, y por eso “el tiro del dolor / el tiro no es el fin”. Después del disparo final desaparecen las horas del reloj y el corazón del chico-cartucho deja de latir, pero lo que permanece en las calles es su eco en tic tac como el recordatorio de una vida y una muerte inicuas. Con sus tambores marciales de marcha fúnebre, “Dinamita2” puede rozar la solemnidad pero es una de las canciones más potentes y desoladoras que Coki haya escrito.

El otro momento clave es “La sombra”, el vórtice del álbum. Me juego lo que no tengo a que la letra se le apareció a Coki caminando a la madrugada, de regreso a casa. Tito Barrera retrasa el segundo tambor del compás para anclar la aceleración de la guitarra martillada que entra en la primera estrofa, y así, en lo que podría ser un tema cuasi punk, se abre una mínima grieta temporal que ofrece un descanso al caminante para que, en su respiración de taquicardia, hable consigo mismo.

Puedo verlo a Coki caminando rápido, su perfil chato recortado en los edificios por las luces del alba, tarareando que todo lo que tiene es su propia sombra, jugando con su imagen duplicada, boxeando en el aire. El ánimo de la canción es sombrío, los teclados subrayan el clima ominoso y acrecientan el sentido dramático de esas palabras que se van apilando maniáticamente. Tu sombra siempre te acompaña, pero en el frío del desvelo alucinado se agazapa el terror de que se corte sola. “No voy a dejarla ir”, canta Coki un instante antes de que el segundo estribillo —instrumental, como el primero— lo contradiga y el bombo en negras le marque el pulso de la locura. Y llega el final, que es el final de todo, los últimos tres pasos hacia el knockout inexorable.

“La sombra” atrapa la siempre huidiza alquimia de la canción, el modo en que letra y música crean el secreto de un mundo; no es tanto una canción como un estado mental. En un disco que en líneas generales pisa sobre suelo firme porque entrega lo que el público espera de su artista, “La sombra” es un caballo de Troya.

Chicodinamitaamor suena como la música que más le gusta a Coki: el Bob Dylan modelo 66, el pop de garage de Paul Westerberg (el estribillo de “Villa Cristal”), Jeff Lynne (el solo de guitarra de “Barquito”) y John Lennon (“La fakir de la suburbia”). Contiene, además, algunos de los momentos más altos de su discografía, como el irresistible, espiralado y floydeano “Titanic té”.

En los conciertos de Chicodinamitaamor, y por primera vez en su carrera, Coki dejó su guitarra a un costado y se dedicó solo a cantar. Es evidente que se siente seguro como para enfrentar al público desnudo y que confía a ciegas en sus músicos. Pero esta decisión no la tomó por ellos. Es cierto que no firma el disco como solista, pero también es cierto que mañana los músicos que lo acompañen serán otros. La novedad es que ya se siente pleno como único protagonista de su novela. Y vaya si vale la pena sentarse a leer su capítulo más reciente.

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