Honestidad total y ataque de pánico: “La trituradora”, de Mauro Digerolamo

por poseidodelalba

 

En el invierno de 1992, después de editar King of Bongo (1991), Mano Negra aterrizó en Buenos Aires para presentarse en un estadio Obras semivacío. La visita habría pasado desapercibida de no haber sido por el pequeño escándalo con el que culminó la entrevista que Mario Pergolini realizó al grupo en su programa La Tevé Ataca. Poco tiempo después, Mano Negra alcanzó un suceso descomunal con su álbum Casa Babylon (1994), que dinamitó los prejuicios que existían en el rock argentino con respecto a la música y el imaginario latinoamericanos, y ya nada sería igual: el vertiginoso caleidoscopio de realismo mágico violento hecho con pedazos de hip hop, rumba, punk, reggae y letras en francés, inglés y castellano, que proponían Manu Chao y sus compinches, abrió la puerta al enfoque mestizo que una larga lista de grupos —Bersuit Vergarabat y Todos Tus Muertos, entre muchos otros— utilizaría para relanzar sus respectivas carreras.

La aparición de la versión latinoamericana de la señal MTV, con ejes en Buenos Aires y el DF mexicano, y la huella cada vez más notoria que Gustavo Santaolalla iba marcando como productor de bandas latinoamericanas de primera línea, a las que impulsaba a incorporar ritmos nativos a sus respectivas propuestas, derribaron los últimos diques. Eran, también, los días en los que el film Underground (1995), de Emir Kusturica, popularizó la música de Goran Bregovic. Melancólica, gitana y artesanal, esta variante rea de la world music aportó la última pieza de un rompecabezas al que los medios bautizaron “alterlatino”.

En Rosario, bandas excelentes como Carmina Burana (oriunda de Firmat), Rosario Smowing y Los Buenos Modales, por nombrar solo tres, se formaron al calor de este estado de cosas. Nadie estaba exento del furor por la mezcla, y sus efectos se prolongarían en el tiempo: basta con escuchar Exötique (2000), debut de Los Sucesores de la Bestia, para comprobarlo.

En 2007, al momento de grabar su debut discográfico (Estoy jugando, 2009), Mauro Digerolamo era un emergente tardío de la oleada alterlatina, al igual que esas bandas de corte hippie que inundaron la ciudad y que en su repertorio apilaban, como si la música fuera un carrito de compras virtuales, una milonga, una cumbia, un reggae, un blues y cualquier otro género que tuvieran a mano.

Lo que me molestaba de Estoy jugando no era que Digerolamo incorporara a su propuesta músicas de diferentes extracciones, sino que su sólida formación musical lo llevara a creer que podía salirse con la suya. Después de escuchar el álbum, era imposible no preguntarse si tanta variedad era un ejercicio de libertad musical o simplemente confusión.

Su segundo trabajo, Actitud entrega (2012), además de confirmar que su lenguaje compositivo crecía a un ritmo inquietante (“Estudio en sol” alcanza y sobra como ejemplo), mostraba un mayor acercamiento al rock. Poco después, Digerolamo estrenó “A los que nacemos en libertad” en un concierto en la terraza de la sala Lavardén. Para los que conocíamos sus orígenes, fue un shock: Digerolamo nunca había cantado así, con tanta rabia, como si estuviera arrancándose la carne de los huesos. Algo le había hecho clic en el bocho, y el resultado de ese clic fue La trituradora, su tercer disco de estudio, publicado a fines de 2015 por el sello Sublatir.

https://sublatir.bandcamp.com/album/sl004-la-trituradora

La complejidad estructural y la riqueza armónica de la canción que le da título al álbum reflejan un quiebre mental y artístico, capturan un momento crítico, el punto cero de una fuga hacia adelante. Con el paladar abierto en dos por la ansiedad y el rechazo al conformismo, Digerolamo arranca: “No quiero morir joven, no quiero vivir viejo / no quiero ver que al final / cualquier cosa es lo mismo”. Y luego, en el estribillo: “Casi siempre estamos muy cansados / pero ya sabés que siempre tengo hambre / casi siempre vamos muy deprisa / pero casi nunca quiero estar solo”. Lo único que afirman estos versos es el hambre permanente; hambre de comida, sí, pero también de música, de vida, de noche, de gloria. Pero lo importante está en los “casi” —casi siempre, casi nunca— porque revelan el estado mental de un artista exhausto, apurado y temeroso de sus propios fantasmas.

Cuando canta “Antes el rock era la revolución pero ahora / nada se compara con mi ansiedad”, además de reconocer que el tamaño del agujero que carga en el pecho es tan grande como su ambición artística, Digerolamo, en su disco más rockero, acusa al rock de decepcionarlo. Al mismo tiempo, afirma que su anhelo de satisfacción —una satisfacción efímera y traicionera— tiene la potencia de un absoluto que nunca será colmado. Y en Rosario, de 2012 para acá, todas las certezas quedan reducidas, literalmente, a polvo.

“…casi nunca quiero estar solo”: ese “solo” que cierra el estribillo se monta sobre la entrada de un re bemol mayor tan tenebroso que sirve para entender por qué Digerolamo no quiere quedarse a solas con las voces que escucha parlotear en su cabeza. No debe ser fácil mostrar la fractura expuesta del alma en una canción. Lo que sigue es un puente que parece haberse caído de algún tema de Serú Girán y que podría funcionar como un remanso frente a tanto bajón si no fuera por la vulnerabilidad rasposa con la que Digerolamo canta los versos que dictan el tono del disco: taciturno, sufrido, rabioso.

Los factores que hacen de La trituradora un disco excelente son muchos —la calidad de las composiciones y los arreglos encabezan un largo etcétera— pero la interpretación vocal es el más destacado, a tal punto que, al compararla con lo hecho por Digerolamo en sus discos anteriores, parece que se tratara de artistas diferentes. Hay que calzarse los auriculares y concentrarse en la voz: en sus quiebres, en la rotura texturada de un registro que alterna languidez enfermiza con explosiones de ira, se escuchan los ecos de la tormenta que dio origen a La trituradora y que sobrevuela cada canción como una nube negra cargada de hiel.

Compuesto en madrugadas de resaca, soledad y dientes apretados, el álbum tiene una conexión directa con In Utero (1993), el último trabajo de estudio de Nirvana, no solo por la transparente influencia musical que Kurt Cobain ejerce sobre Digerolamo —“Ansiedad” se ubica en un punto intermedio entre el homenaje y el plagio—, sino también porque las canciones que lo integran brotaron como pus de un nervio infectado, exponiendo la crisis personal y creativa de su autor, y reflejan la necesidad —vital, mortal— de entregar el cuerpo a una causa artística. Después de escuchar la extraordinaria “Las bestias”, no quedan dudas de que La trituradora nació del terror a ser un muerto vivo: “Le tengo más miedo al vestido blanco del cajón que al vestido negro de la muerte / Le tengo más miedo al estrés de la seguridad que al último tiro de la suerte”.

En la primera estrofa de “La Luna”, Digerolamo se pregunta y se responde “¿Dónde voy? Voy a la Luna”. En la segunda, la pregunta es la misma, lo que cambia es la respuesta: “Voy al laburo”. La trituradora chupa el combustible que la convierte en una obra orgánica del abismo que se abre entre los sueños y la realidad proletaria de su autor; son dos viajes, y el pozo que los separa es tan ancho y profundo como el que existe entre un viaje espacial y la insoportable aridez de la vida cotidiana.

Los arreglos de cuerdas de Diego Pasqualis —inexplicablemente, su nombre no figura en los créditos del disco— realzan la carga emocional de la canción. Utilizando el cuarteto tradicional (dos violines, viola y violonchelo), Pasqualis conjuga un enfoque clásico en la introducción y en las estrofas con una coda de corte contemporáneo. Apropiadamente, en esa coda, que se mece entre el dramatismo y el desmadre, aparece el legendario Luis Romiti que, con unos pocos aguijonazos de su Gibson Les Paul, confirma su estatura como uno de los más grandes guitarristas de rock en la historia de esta ciudad.

Las letras del álbum pueden leerse como un diario íntimo, y eso se debe a que Digerolamo no concibe sus canciones como espacios para la ficción narrativa o la experimentación poética, sino como vehículos expresivos de sus vivencias y convicciones; no es casual que la primera persona del singular sea la voz predominante en La trituradora. Digerolamo no puede ni quiere separar su obra de su vida porque cree que para hacer rock hay que ser sincero, y este es un punto crítico porque borronea los contornos entre arte, vida privada e ideología, y, sobre todo, porque la sinceridad no es un valor artístico. El mundo está lleno de artistas tan sinceros como mediocres; basta con repasar la lista de bandas argentinas que basaron toda su propuesta en la muletilla de “ser de verdad” y que solo grabaron discos carentes de imaginación y creatividad. Al mismo tiempo, la historia del rock es pródiga en farsantes geniales que construyeron sus carreras desde la ficción, cambiando de piel una y otra vez, inventando mundos, sonidos, identidades, personajes e historias.

La trituradora camina sobre un hilo muy delgado, porque decir la verdad y sostener una idea artística no son conceptos equivalentes. Por eso, al mismo tiempo que persigue con fiereza el ideal cancionístico que lo desvela, Digerolamo vomita sus mambos personales durante cuarenta minutos, rozando, por momentos, el siempre molesto rol del pontificador.

Los peligros que asume un artista que considera la veracidad como una virtud son, en principio, dos. El primero es el de erigirse en el guardián de una ética —integrada por valores tan difusos como personales y volátiles—, y es así cómo construye un cerco. Del otro lado del alambrado quedan todos los que no piensan igual. El segundo, que asuma que cualquier cosa que brote de su pluma y su guitarra merezca ser elogiada por el solo hecho de ser una muestra de su sinceridad.

La veracidad no tiene relación directa con la calidad artística. Fito Páez compuso uno de los mejores discos de la década de los 80 —Ciudad de pobres corazones (1987)— exorcizando una experiencia personal atroz. Tiempo después, con el mismo grado de sinceridad, escribió canciones mediocres sobre su divorcio.

Surgen algunas preguntas: ¿es un valor la sinceridad en el rock?, ¿sinceridad con respecto a qué?, ¿es más sincero el autor que escribe canciones en las que cuenta sus vivencias que el que utiliza el lenguaje como un campo de experimentación poética?, ¿quién dijo que un escritor de canciones está obligado a decir la verdad? En todo caso, un artista solo debe ser sincero con sus impulsos creativos. Pero si pretende convertirlos en verdades inapelables, quedará congelado en un pedestal ficticio de virtud moral.

Digerolamo es un artista inteligente y, a pesar de no tener resuelto este asunto de la sinceridad, sabe que su pulsión verista lo planta en arenas movedizas porque es imposible no cambiar con el paso del tiempo, y el tiempo es una esfinge que multiplica las preguntas, modifica los puntos de vista y reescribe las convicciones. Las supuestas traiciones —estéticas, éticas, políticas— no restan valor a una obra; en todo caso, la vuelven más rica porque son saltos conceptuales y variaciones de un camino artístico. Digerolamo entiende la encrucijada en la que se encuentra, por eso es que en “La Luna” canta: “Honestidad no es decir siempre la verdad”.  

“La Luna” es el cierre perfecto de La trituradora: sintetiza el conflicto que nutre de vida y sentido a cada segundo del disco, y que no es más que la narración de los días y las noches de un artista talentoso y pasional que, además de luchar contra sus demonios, trata de ganarse el mango en una ciudad que no le da tregua mientras escribe canciones extraordinarias y cambia de piel de manera traumática.

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