Sam Cooke, en la noche del juicio final

por poseidodelalba

Junto con Ray Charles, Sam Cooke es uno de los inventores del soul. Como no podía ser de otra manera, su formación musical comenzó en el coro de la iglesia de su padre, el reverendo Charles Cooke, luego de que la familia, originaria de Clarksdale, Misisipi, se radicara en Chicago.

En los años 40, Sam y sus hermanos integraron el grupo vocal The Singing Children. En 1950 ingresó al exitoso, y ya en aquel entonces histórico, combo gospel The Soul Stirrers, que formaba parte del catálogo de Specialty, una pequeña discográfica afincada en Los Ángeles, propiedad de Art Rupe, que se ganó su lugar en la historia al editar el primer disco de Little Richard.

Bumps Blackwell y Rene Hall, que trabajaban como productores y arregladores en Specialty, tuvieron una gran idea: meter a Cooke en un estudio y hacerlo cantar canciones de rhythm and blues. Lo hicieron a escondidas de Rupe, que no quería que los artistas de su sello ligados a la música religiosa incursionaran en el pagano R&B, al que el público del gospel consideraba, lo mismo que al rock and roll, música diabólica.

Si bien tomaron la precaución de que “Lovable”, uno de los primeros temas que Cooke grabó con Blackwell y Hall, apareciera con un seudónimo, Rupe descubrió el engaño y despidió al trío, que recaló en el sello Keen. El lanzamiento del simple “You send me/Summertime” fue un éxito descomunal y disparó la carrera de Cooke como solista.

En 1960, Cooke firmó con el gigante RCA y grabó, ya sin los aportes de Blackwell y Hall, un par de álbumes –Cooke’s Tour y Hits of the fifties, ambos editados ese mismo año– marcados por las malas elecciones de repertorio y arreglos orquestales que chorreaban melaza.

Musicalmente, las cosas comenzaron a cambiar con My Kind of Blues (1961), Twisting the Night Away (62) y Mr Soul (63), discos que no terminaban de afincarse ni en el blues ni en el soul ni en el gospel ni en el R&B. Si bien la amplitud del arco estilístico que abarcaban era demasiado ancha, estos álbumes convirtieron a Cooke en un artista accesible al gusto del público blanco. Antes de morir asesinado en un motel de Los Ángeles, grabó el blusero y trasnochado Night Beat (63) y Ain’t That Good News (64), dos trabajos magistrales que lo muestran en todo su esplendor.

Cooke cabalgaba sobre un cambio de época: fue uno de los primeros afroamericanos que en una discográfica enorme y legendaria como RCA, un pilar del establishment cultural norteamericano blanco, pudo componer y grabar sus propias canciones, incluso aquellas que cargaban un alto contenido político, como “Chain gang”, un homenaje a los presos que trabajaban construyendo autopistas y puentes. “A change is gonna come”, quizás la más emblemática de las que compuso y que apareció luego de su muerte, y de la que Aretha Franklin hizo una versión demoledora en su primer disco para Atlantic, se convirtió en un himno de los movimientos que luchaban por los derechos civiles.

Cooke no solo fue importante por su trabajo como compositor e intérprete: a fines de los años 50 fundó su propio sello, SAR, no para editar su música sino la de artistas jóvenes, como Bobby Womack y Billy Preston.

Hay dos discos en vivo de Sam Cooke. Uno es Live at the Copa (1964), grabado en el Copacabana, un cabaret neoyorkino al que asistían ricachones y mafiosos, cuya atmósfera Martin Scorsese capturó en algunas secuencias de Goodfellas (1990). El repertorio que Cooke eligió para esa noche estaba diseñado para el agrado de un público mayoritariamente blanco con el que tenía demasiadas diferencias, por lo que no es casualidad que Live at the Copa suene frío y en piloto automático.

El otro es One Night Stand: Sam Cooke Live at the Harlem Square Club, grabado en 1963 y editado en 1985. A diferencia del Copacabana, el Harlem Square Club era un boliche de Miami ubicado en el barrio afroamericano de Overtown. En la noche del 12 de enero de 1963, Cooke jugó de local, y eso es lo que se escucha: una banda ajustada y en celo, liderada por el bestial saxofonista King Curtis, y Sam Cooke pasándola bomba frente a un público que lo adora y se lo hace saber todo el tiempo.

Vale la pena escuchar el disco con auriculares para disfrutar en detalle la performance de la banda, el saxofón incendiario de Curtis y, por supuesto, al atorrante de Cooke, que aquella noche cantó como si estuviera en una orgía la noche del juicio final.

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