Hedor adolescente

por poseidodelalba

A fines de 1985, en la prehistoria de Nirvana, Kurt Cobain le pidió la casa a su tía Mari para grabar un demo junto a Dale Crover, el batero de los por entonces incipientes Melvins, que comprendió antes que nadie que ese rubio diminuto era cosa seria. El resultado fue un registro de quince temas titulado Illiteracy Will Prevail. El proyecto se denominaba Fecal Matter. No sería la primera ni la última vez que un adolescente apelaría a la escatología para, en más de un sentido, descargar su arte.

El punk rock es un género pródigo en menciones a secreciones, heces y genitales. La recurrencia es lógica porque desde su origen, estética y filosóficamente, el punk fue concebido como una molotov de subversión y desorden destinada a incendiar, entre otras cosas, el conformismo, la autoridad y cada uno de los conceptos que definen el ideal clásico del arte burgués y el buen gusto.

Por eso no sorprende que Joel Guidi, voz y guitarra de los Amazing Ruckus Trip, diga que se siente “vomitivo” al presentar la versión atropellada de “Piñata gástrica” que abre el álbum Vivo en Parque España, grabado en octubre de 2012 y editado por Júbilo Discos a mediados de 2014.

Los Amazing Ruckus Trip (ART de aquí en adelante) se formaron en 2007 como trío, con Guidi, Nahuel Reta (bajo) y Alberto Tedesco (batería). La banda ensayaba en la casa de la abuela de Tedesco, bautizada El Paradais, pero en 2008, Federico Oña, Walter Olmedo y Robiño Cassares, que integraban Frikidelia y Blizters, montaron una precaria sala de ensayo en una casa ubicada en Avellaneda 835, que en poco tiempo se convirtió en la base de operaciones de un grupo de pibes tan creativos como inquietos.

Con sus zapadas, fiestas y recitales, la llamada Casa del Rock fue uno de los puntos neurálgicos de la escena clandestina de la ciudad, circuito que los músicos generaron de manera informal frente a la falta de espacios disponibles para el rock subterráneo. Además de que posibilitó la formación de Los Meijide y Toba, la Casa del Rock fue el escenario por el que pasaron algunas de las mejores bandas de aquellos años, como Los Del Fin y Nausicaa. Fue también el lugar donde nació el sello Júbilo Discos, proyecto que lidera Sebastián Montes, uno de esos pibes capaces de no comer durante un año para juntar el dinero que le permita grabar las bandas que le gustan.

En 2009, los ART se convirtieron en cuarteto con la incorporación del guitarrista Sebastián Rodríguez, y en 2012, cuando el guitarrista Sebastián Bosch y el batero Sebastián Pagano reemplazaron a Rodríguez y a Tedesco, sumaron a su coctel de punk melódico una dosis de sofisticación. Por entonces, Bosch, pieza fundamental en la primera época de los Blizters, banda en la que Guidi sigue ocupando el banquito de la batería, no ocultaba su fascinación mimética por Jonny Greenwood, pero con el tiempo talló un estilo propio, puntiagudo y preciso hasta la neurosis, que proyecta la montaña rusa de los ART al espacio exterior.

En sus canciones, los ART liberan todo lo que tienen adentro, ya sean una tremenda descompostura estomacal (“Piñata gástrica”, “Buscapina”) o las explosiones cannábicas de una “Híper tos”. Sus letras también hablan de la masturbación o del mal viaje psicodélico de un amigo de miembro prodigioso, apodado, previsiblemente, Manguera. Son historias inofensivas y humorísticas, pero cuando la banda se sube al escenario, esas pavadas se vuelven una cuestión de vida o muerte.

Humor, inmadurez y azar caracterizan al grupo desde su origen. Nahuel Reta, uno de los fundadores de los ART y un bajista extraordinario, cuenta que en los comienzos, las influencias musicales “eran tan variadas como poco incidentes en lo que hacíamos. Nos motivaba juntarnos a tocar lo que saliera. Las influencias no musicales son el humor y las palabras inventadas. Podríamos decir que hacemos un machaque experimental con melodías en bruto”.

Crotoplasma (2016) es el título del primer álbum de los ART, y está acompañado de un manifiesto que resume la ideología del grupo:

“Ahora que soy culto, ¿me dejan ser croto?”

Este fue el disparador conceptual del proyecto musical donde se sintetizan 11 historias que, aunque separadas por miles de años, están unidas dentro de la misma corriente de pensamiento. Desde Diógenes el perro, hasta Cachilo el poeta de los muros, todo es un proceso de aprendizaje, no importan la edad ni el contexto, todo el mundo está creciendo. Crotoplasma es el producto entre las letras sinceras, los juegos de palabras y la sonoridad enérgica que nos infundió la ciudad. Bailamos y hablamos de la cotidianidad, las relaciones humanas y el ineludible río Paraná.

Joel Guidi dice que el texto “muestra la necesidad de alejarse de lo que oprime, de los prejuicios, de lo establecido. El nombre del disco y el arte de tapa tienen que ver con una creencia de que todos llevamos en la sangre la «crotera», por así decirlo, en nuestra propia naturaleza animal, en nuestros verdaderos colores, no solo los que mostramos a los demás”.

Y completa Reta: “Llamamos al disco Crotoplasma porque el común denominador de las canciones es ese punto de vista simple de un croto, alguien que no se altera por las responsabilidades que afectan al resto de los ciudadanos, por eso los ejemplos de Diógenes, que para nosotros fue el primer punk, y Cachilo, seres que eran sensibles solo a lo elemental, eso que nadie sabe bien qué es”.

No es descabellado que Reta afirme que Diógenes fue el primer punk: la filosofía plebeya e insolente del pensador griego descartaba la abstracción idealista al tiempo que valoraba la animalidad y el instinto. Diógenes fue el primer cínico, aunque hay que aclarar que no se trata del cinismo tal como se lo entiende hoy sino de una concepción de la existencia como un breve tránsito que no necesita más bienes materiales que los necesarios para la subsistencia. En este sentido, todos los crotos del mundo, entre ellos el rosarino Cachilo, que dejó escrita su filosofía en las paredes de la ciudad a lo largo de los años 80, son herederos de Diógenes.

A pesar de no tener estribillo, “Masticando dinosaurios” es uno de los hits de los ART. Como la mayoría de las composiciones del grupo, la canción rebota entre el punk y el pop, mientras el ritmo fluye veloz y sincopado por los laberintos que diseña la guitarra de Bosch. Resume, también, la filosofía crota de la que hablan Reta y Guidi: “Usá y tirá, volvé a comprar / rodeate de cosas que duren para siempre / no sufras más / basta con dejar de masticar reptiles ancestrales”.

https://jubilodiscos.bandcamp.com/album/jb0011-crotoplasma

La impronta iconoclasta de Los ReadyMade se manifiesta antes de que comience a sonar la música. La tapa de su primer disco, Holden (2011), es una foto de Mark Chapman, el asesino de John Lennon; y por si quedara alguna duda, el título del álbum es el nombre del protagonista de The Catcher in the Rye (1951), la novela de J. D. Salinger que Chapman leía frente al edificio Dakota en Manhattan mientras esperaba la llegada de Lennon para convertirlo en un colador.

Es extraño, pero la música de Los ReadyMade suena antigua y moderna a la vez. Tiene su acta de nacimiento en “Mr Suit”, el tema de los siempre libres Wire, y traza, al mismo tiempo, una conexión directa con bandas como The Seeds y Count Five, que a mediados de la década del 60 cruzaron el garage crudo y veloz con la psicodelia y anticiparon, dicen los manuales, la escalada bélica del punk. Los ReadyMade toman esa idea rítmica y sonora y la someten a una acelerada y violenta deconstrucción; el enfoque tiene un perfil intelectual porque, como indica el nombre de la banda, el objetivo no es componer canciones sino brevísimos artefactos ruidosos.

En el Primer manifiesto surrealista, para definir la escritura automática, André Breton escribió que el procedimiento se construía a partir de “un monólogo de elocución lo más rápida posible, sobre el cual el espíritu crítico del sujeto no pudiera dirigir ningún juicio…”. La idea, ya presente en el dadaísmo, es la de un arte cuya expresión, de tan veloz y copiosa, se reduzca a la pura acción, rechazando la posibilidad de un acercamiento por fuera del puro presente.

Los ReadyMade no hacen punk rock, más allá de la velocidad y la impronta directa y salvaje de su música. El punto de arranque parece haber sido el surf instrumental. La pregunta sale sola: ¿cómo llegaron estos pibes al surf rock? La puerta de entrada, supongo, debe haber sido la versión de Dick Dale de “Misirlou” —una canción tradicional griega que de la mano de los Beach Boys se convirtió en un himno del surf— incluida en la banda sonora del film Pulp Fiction. Y, seguramente, algo se debe haber filtrado con Bossanova (1990), el disco en el que los Pixies expresaron de manera directa su amor por el surf.

No puedo afirmar que se trate de la primera manifestación del género en Rosario, pero en 2005 apareció Titánico, el EP de Los Impedidos, el trío que lideraba Osvaldo Zulo y que tocó como soporte de Los Natas en un recital extraordinario en El Sótano en 2006. Zulo ya era la cara y el alma de Los Daylight, la última banda de culto de la escena local, y no eran pocos los que lo veneraban como el nuevo gurú del circuito independiente, por lo que no es extraño que el twist acelerado del surf estuviera dando vueltas en el circuito punk y hardcore de la ciudad. Tampoco es casual que Los ReadyMade hayan recalado en Soy Mutante, el sello de Ignacio Molinos, en el que Zulo editó casi todo lo que grabó.

La magia de Los ReadyMade aflora en el arte instantáneo, en recitales en los que compactan veinte temas en la misma cantidad de minutos. El público siempre pide más, pero en el caso de Los ReadyMade, más siempre es menos.

El objetivo surrealista de Los ReadyMade es generar confusión a partir del frenesí, por eso toda la energía viaja en una sola dirección, como la trayectoria de un cometa suicida hecho de velocidad, gritos y distorsión en la que cualquier desvío o pausa representa una pérdida de energía.

Sería bueno saber de qué hablan las letras, pero muchas están gritadas en inglés y la voz del cantante apenas si emerge de una mezcla sonora siempre saturada y desprolija, por lo que es razonable suponer que a Los ReadyMade les importa muy poco que el público comprenda su mensaje. O quizás el mensaje, otra vez en sintonía con el surrealismo, sea trabajar sobre la forma y el procedimiento para lograr una música ininteligible, puro presente, pura acción.

https://soymutantenetlabel.bandcamp.com/album/017-holden

En la música de Los Del Fin no hay intelectualidad ni surf, por más que “Los reyes del viento”, del disco Muerte geométrica (2014), comience con una voz —tomada del doblaje al castellano de la película Point Break de Kathryn Bigelow— que anuncia: “Es hora de surfear”. Alejados del perfil cerebral que caracteriza la música de Los ReadyMade, Los Del Fin se limitan a destilar bilis. Al trío que lidera Gabriel Medina —guitarra y voz— le gustan las dificultades y llenan sus canciones de cortes y arreglos intrincados solo por el placer de agarrarse a trompadas con la música y buscar siempre el próximo escalón de volumen y potencia hasta que la canción se desangre.

Tocar algo difícil con pocas herramientas técnicas transforma cada canción en una gesta, y la fiereza de Los Del Fin es consecuencia de este desafío —la música entendida como un campo de batalla— que el trío encara con amor y bronca. En sus recitales, Los Del Fin no tocan, pelean. ¿Contra qué? Algunas respuestas posibles: la grasa abdominal, el aburguesamiento, los caretas que simulan ser rockeros, quién sabe…

Cuando Los Del Fin desafinan o pierden justeza no es por indolencia o falta de ensayo sino por el modo combativo en que conciben su música. Los desacoples atropellados entre el bajo, la guitarra y la batería son la consecuencia del salvajismo bélico con que encaran el escenario, y hacen que todo suene como un Tetris tildado que apila piezas de manera irregular a toda velocidad.

La historia de Los Del Fin comenzó en 2003, cuando Medina armó el combo P14 con un par de amigos de barrio Belgrano, su patria chica, escenario y fuente de inspiración para la mayoría de sus letras. El 21 de septiembre de ese mismo año, en un recital en la quinta San Jorge de Funes, Medina conoció al bajista Julián Caselli. Poco después, en el club Nueva Era, se topó con el baterista Lautaro Bobadilla, que por aquel entonces tocaba en NS/NC.

El trío convocó a Javier Lombardo para armar Biomilk, “un engendro deforme de punk acelerado que no llegaba al hardcore, con voces guturales y letras bizarras que hablaban de Charles Manson, la película Noche alucinante y cosas así”, cuenta Medina. Biomilk debutó en un evento en la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacéuticas, pero para ese entonces, Lombardo ya había abandonado el grupo, por lo que el rol de cantante recayó en Medina.

Pero el trío seguía sin encontrar su sonido, por eso Caselli convocó a Eduardo Mujica, un músico de Capitán Bermúdez que conocía en profundidad el hardcore norteamericano. Así surgió el efímero Tiempos Difíciles, pero al poco tiempo Mujica se bajó del proyecto y entonces, finalmente, se consolidó el trío que sería bautizado Los Del Fin por la obsesión de Caselli con el fin del mundo.

El primer registro se llamó 9 Dólares, y al día de hoy permanece perdido. Poco después, Ignacio Molinos grabó un ensayo que se convertiría en el sucio y desprolijo Violento sonoro (2009), primer álbum de Los Del Fin para el sello Soy Mutante. Poco después, los músicos decidieron volver a grabar las mismas canciones de manera más profesional en los estudios de Cristian Dalessandro. El asunto se tituló El mundo o la nada (2010) y solo se fabricaron algunas copias.

Con el tiempo, comenzaron a aparecer diferencias estéticas dentro del grupo. Según Medina, “los pibes querían hacer algo más latino y experimental, y yo todavía seguía con la distorsión en la cabeza”.

En 2010, Caselli y Bobadilla empezaron a tocar en el combo reggae Durban Poison, y Medina se incorporó al explosivo y maravilloso Operativo Exposición Total.

Las discrepancias se fueron acentuando. De hecho, Muerte geométrica (2014), el segundo y último disco del trío, se grabó solo porque Ignacio Molinos obtuvo un subsidio del Estado provincial. Menos mal, porque es el disco más rabioso e incandescente que se haya grabado en Rosario en 2014,  una tormenta eléctrica y una patada en el culo a los que piensan que el rock está muerto.

Promediando “Pecador”, Medina marca la cuenta antes de lanzar la banda una vez más al corazón del volcán. Pero la cuenta es al revés —“tres, dos, uno, cero”—, detalle que confirma que la vitalidad del rock depende de aquellos que lo entienden como una cuenta regresiva.

Las letras de Los Del Fin hablan de traiciones, de noches descontroladas, de amigos y enemigos que fuman como sapos y cojen como conejos, de borrachos terminales que se masturban en baldíos…

Son historias de marginales, infectadas de una poesía rara e intuitiva, que construyen una mitología barrial de la zona oeste de la ciudad. Por suerte, Medina es un artista inteligente y evita las odas facilistas al reviente. Sus canciones transcurren en las noches suburbanas de la Rosario drogada y violenta de los últimos años, pero la sordidez que las atraviesa nunca tiene el molesto perfil del ejercicio literario.

La canción que abre Muerte geométrica se titula “Marinero” y está inspirada en la vida del abuelo de Medina. La primera estrofa parece resumir la relación del líder de Los Del Fin con la música y, también, su filosofía:

Intenté ayudarte, marinero del agua plateada

pero solo buscabas la paz navegando aguarrás

fuiste valiente al echar tu ancla al sol

sé que un hombre solo no puede con una embarcación.

A menos que lleve en su alma la dirección

a menos que sienta en su pecho el calor.

https://soymutantenetlabel.bandcamp.com/album/028-los-del-fin-muerte-geometrica

Diciembre, 2016.

 

 

 

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