Rock and clon

por poseidodelalba

Una o dos veces al año, las paredes del centro de la ciudad aparecen tapizadas con carteles que promocionan los conciertos de Dios Salve a la Reina. El gancho publicitario suele ser engañoso de un modo infantil porque los afiches siempre constan de una fotografía del cantante Pablo Padín —cuya fisonomía recuerda a la de Freddy Mercury— y la palabra “Queen” —nombre de la banda homenajeada— en un cuerpo tipográfico gigantesco, mientras que el nombre del grupo rosarino aparece en letras más pequeñas. Digo infantil porque todo el planeta sabe que Mercury está muerto y que Dios Salve a la Reina no es Queen.

En 2003, Dios Salve a la Reina —DSLR de aquí en adelante— ganó un concurso en el Cavern Club Buenos Aires y su premio fue la posibilidad de actuar en el festival Eggman Easter, en Liverpool. A partir de ese momento, se convirtió en la sensación del circuito de encuentros dedicados a las bandas tributo, a tal punto que tras su participación en el Queensday Brasil, en San Pablo, fue declarada —se desconoce por quién y bajo qué criterios— “la banda tributo a Queen más espectacular de Sudamérica”.

Tres años después, en 2006, DSLR llegó a un punto alto de su trayectoria —¿es válido preguntarse si esta clase de grupos tienen trayectoria?— con un concierto en el Luna Park en el que montó, según afirmaba la gacetilla de prensa, una reproducción exacta, en cuanto a luces, escenario y vestuario, de los recitales que Queen había ofrecido en Sudamérica a comienzos de 1981, en la gira de presentación del álbum The Game (1980).

Cuando se asiste al concierto de una banda tributo, se sabe de antemano que se trata de una ficción, por lo que el disfrute se encuentra en escuchar buenas versiones de las canciones originales. Los problemas aparecen cuando los músicos trasladan el eje de la sala de ensayo al espejo: si los esfuerzos están destinados a la composición mimética, si los disfraces y la copia de los ademanes se convierten en el centro del espectáculo, la diferencia entre la referencia y la reproducción, de tan notoria, se vuelve insalvable, y la búsqueda de la caracterización perfecta transforma el homenaje en un número circense.

Está claro que los músicos que integran esta clase de grupos aman la música que interpretan, pero sobre todo aman la repetición porque regresan una y otra vez, y siempre de la misma manera, a las canciones que los fascinan, mientras corren detrás de un imposible.

El aciago trío Midachi montaba sus números de imitación desde una perspectiva “humorística” y llevaba al terreno del ridículo la imagen de diferentes artistas, lo que subrayaba el carácter paródico de su propuesta. DSLR no busca hacer reír al público sino entregarle una copia perfecta —musical y visual— de Queen, un objetivo irrealizable porque, resulta absurdo aclararlo, ninguna banda, salvo Queen, puede sonar y lucir como Queen.

Una vez asistí a un concierto de The Beats, uno de los tantos grupos que trabajan de imitar a The Beatles, y quedé impactado por su profesionalismo: los instrumentos, la indumentaria y todos los detalles que definieron cada etapa del cuarteto de Liverpool estaban ahí, sobre el escenario. A lo largo de una hora y media, en términos estrictamente musicales, The Beats ofreció excelentes y exactas versiones de las canciones originales. Pero sus integrantes, al repetir los gestos y ademanes que estudiaron con obsesión enfermiza en cientos de videos, solo conseguían subrayar la esterilidad del esfuerzo. El empeño del encargado de emular a John Lennon –horas y horas frente al espejo haciendo muecas y probando pelucas– acentuaba hasta el límite de lo soportable el carácter mimético de su performance. Esa noche, de tanto invocarlo, el fantasma de Lennon hizo su aparición para confirmar que sobre el escenario había nada más que un imitador.

Volviendo al principio: esos afiches que cada tanto aparecen en la ciudad dejan en claro que todo en DSLR orbita alrededor del parecido físico de su cantante con Mercury, y es lógico que Padín concentre sus energías en la copia gestual porque, como la mayoría de los mortales, no posee ni la mitad de recursos vocales que hicieron del cantante de Queen uno de los más grandes en la historia del rock.

Cuando un proyecto de estas características se convierte en una empresa exitosa, tiende a alejarse de la pasión que le dio origen, porque el objetivo de los músicos ya no es sumergirse en la riqueza musical de la discografía de la banda amada sino llenar un teatro apelando a los hits que el público quiere escuchar. Si los integrantes de DSLR quisieran en verdad rendir homenaje a la música de Queen, ¿por qué nunca encararon el desafío de recorrer en su totalidad un álbum como Queen II (1974), tan complejo en su factura y tan importante en la evolución del grupo británico, y solo se limitan a un repertorio integrado por las canciones más conocidas?

DSLR es un grupo de alcance internacional y se presenta, por lo general, en teatros. Pero ocurre que desde hace algunos años, las bandas tributo coparon gran parte de la escena subterránea de la ciudad porque los dueños de bares y pubs concluyeron que convocan una audiencia más numerosa que los grupos y solistas que interpretan su propio material.

Los músicos que trabajan de tocar canciones ajenas se ganan la vida en buena ley, y ese punto está fuera de toda discusión, pero el predominio de esa clase de propuestas en los escenarios de la ciudad tiene una consecuencia negativa porque relega a los artistas que interpretan sus propias canciones. Dice mucho, también, sobre el público local.

En su libro Retromanía, Simon Reynolds relaciona el fenómeno de las bandas tributo con el arte performático. Escribe el crítico: “El arte de la reescenificación es, a la vez, una extensión y una inversión del arte performático, que por definición está basado en el evento. La performance remite al aquí y ahora. Sus componentes incluyen la presencia corpórea de los artistas, un lugar físico y una duración: es una experiencia que uno tiene que atravesar. El poder del arte performático está ligado a su carácter efímero: no puede ser reproducido, ni coleccionado ni tampoco entrar en el mercado del arte; y cualquier documentación incidental que produzca no sustituye el hecho de haberlo visto en vivo. La reescenificación es como una forma espectral de arte performático: lo que presencia el espectador nunca alcanza una presencia completa”.

Un sábado cualquiera, en uno de esos programas televisivos de la ciudad que envían un camarógrafo y un cronista a conciertos, inauguraciones de bares o estrenos cinematográficos, se emitieron algunas breves entrevistas realizadas al público a la salida de un recital de DSLR. La mayoría de los reporteados expresaron que la experiencia de DSLR en vivo era “como ver a Queen”. En ese “como” se encuentra la confirmación de que, como sostiene Reynolds, la reescenificación es una experiencia incompleta.

Podría decirse, porque la semejanza física parece cumplir un rol relevante en todo este asunto, que DSLR corre con cierta ventaja al contar con un líder que explota con solvencia su similitud con Mercury. Pero la ficción óptica que Padín propone al calcar el lenguaje corporal de su ídolo se rompe en mil pedazos cuando la mirada se detiene en sus compañeros porque ninguno de ellos, por más que se tiñan el pelo o usen pelucas, se parece a los músicos de Queen; en un parpadeo, el costado visual de la fantasía se disuelve. Y en el plano musical, el encantamiento es igualmente efímero: más allá de sus virtudes como intérpretes y ejecutantes, los integrantes de DSLR nunca podrán sonar como Queen. Es imposible rendirse a la totalidad de la ilusión, precisamente porque no hay totalidad.

Quien compra una entrada para un recital de DSLR sabe que se trata de un ersatz, pero el tema adquiere una complejidad mayor al comprobar que el grupo publicó un DVD que registra un concierto en el Luna Park realizado en 2006.

Volviendo a Reynolds: si la reescenificación es una forma del arte performático y por lo tanto su carácter es efímero y “no puede ser reproducido, ni coleccionado”, cabe preguntarse quién, por fuera de los familiares y amigos de los integrantes de DSLR, elige en una disquería un DVD de DSLR por sobre uno de Queen. Y una pregunta más: que los músicos de una banda tributo publiquen un concierto en DVD, ¿responde a una decisión de tipo empresarial o implica que son cautivos de su propia ilusión?

Debe haber un poco de las dos cosas, pero la segunda posibilidad es más inquietante, porque cuando Padín declara en una entrevista publicada en el diario La Capital el sábado 19 de abril de 2014, que “es difícil cantar como Freddie Mercury”, revela su convencimiento de estar a la altura del cantante de Queen, certeza que puede desmentirse rápidamente: basta con escuchar cualquier grabación de Mercury y compararla con cualquier performance registrada por Padín. O también puede leerse la investigación sobre las extraordinarias cualidades vocales de Mercury publicada en la página consequenceofsound.net

En su Introducción a la literatura fantástica, Tzvetan Todorov escribió: “El que percibe el acontecimiento (fantástico) debe optar por una de las dos soluciones posibles: o bien se trata de una ilusión de los sentidos, de un producto de imaginación, y las leyes del mundo siguen siendo lo que son, o bien el acontecimiento se produjo realmente, es parte integrante de la realidad, y entonces esta realidad está regida por leyes que desconocemos”. Para el público de las bandas tributo, y para muchos músicos que integran este tipo de proyectos, las dos opciones no serían excluyentes.

Octubre, 2015.

Anuncios