La música histérica de Degradé (*)

Además de trabajar en la búsqueda de un estilo y de perfeccionar un sonido, las bandas de la ciudad se enfrentan a los ya conocidos problemas que Rosario arrastra como un karma: la falta de una legislación inteligente y la consiguiente inexistencia de espacios preparados para la música en vivo, así como también la carencia de un circuito estable que permita desarrollar una carrera musical de modo profesional. El paso del tiempo y una realidad siempre igual suelen provocar la disolución de los proyectos. En definitiva, la inestabilidad es norma y son pocas las agrupaciones que la enfrentan con el pecho erguido en nombre de un ideal romántico. Degradé pertenece a esta clase de bandas.

Desde la salida de Agua, su segundo disco de estudio, pasaron seis años y la formación del grupo cambió, para mejor, de manera radical: el cambio de base (bajo y batería) y la partida de uno de los dos guitarristas limpió el sonido y enfrentó al grupo con la nada sencilla tarea de redefinir sus ideas.

Si el primer disco de Degradé (Ratitas, de 1999) era un típico álbum debut –dispar y heterogéneo como consecuencia de agrupar temas de diferentes épocas–, y Agua, el segundo, editado en 2001, mostraba al grupo en plena crisis de identidad, La hora azul, aparecido el mes pasado, evidencia la consolidación de un estilo, un sonido y una formación. Ya no hay dos guitarras eléctricas complicando el arco sonoro, y la nueva base (Álvaro Manzanero y Cristian Villafañe) funciona como un solo instrumento. En este nuevo diseño, Emiliano Cattáneo ubicó sus teclados en el plano acertado –el aporte de matices y la creación de climas–, resignando protagonismo y ganando criterio en un único movimiento.

Esta lógica sustractiva puso en primer plano la evidencia que hasta La hora azul sólo se mostraba de manera irregular: que las canciones son el arma más potente de Degradé. Con un estilo melódicamente inspirado en el rock nacional (Charly García, Spinetta) y, en el plano tímbrico, las influencias del rock británico contemporáneo (Radiohead, Massive Attack), Degradé llegó a la síntesis que tanto buscó: la convivencia angustiada entre la despersonalización tecnológica y la sensibilidad del pulso humano.

El primer disco de la banda se caracterizó por sus buenas intenciones y su mensaje esperanzado; La hora azul, en más de un aspecto, es el reverso de esa moneda, ya que encuentra sus mejores momentos cuando el tono lo dictan la angustia y la melancolía de las letras de Nahuel Marquet, que dibujan las dos facetas de la personalidad del grupo: la música de Degradé puede ser oscura y, también, cándida en su optimismo. Marquet, a quien a partir de este disco es justo incluirlo entre los mejores cantantes de la ciudad, suele definir la música de Degradé como “histérica”, y algo de eso hay: si el segundo disco se llamó Agua, La hora azul es pródiga en imágenes de lo seco, comenzando por la potencia estéril de “Árida”, siguiendo con el “agua del mismo río que ya no moja su arena”, o el nadar en el vacío del que habla la tremenda “Cero”. El golpe preciso y cortante de Manzanero convierte al grupo en una máquina de alta velocidad y qué mejor que la velocidad para cantarle a la neurosis melancólica de estas canciones que viajan al fin de la noche, como la sonámbula “Los trenes”.

https://degrade.bandcamp.com/

Publicado en el diario El Ciudadano, 2007.

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