DAF, o el rock como una forma de ser

La edición de DAF, la gran novela de Beatriz Vignoli que alcanzó estatus de obra de culto después de circular en fotocopias durante más de una década, provocará escalofríos en los publicistas de la versión turística y pasteurizada de la identidad cultural rosarina, que se limitan a destilar, una y otra vez, el licor agrio de las vendas de la Trova y la esquelética mitología de la mesa de los galanes del bar El Cairo; una mirada anacrónica y simplista que cree que la música de la ciudad todavía se mueve al compás de las viejas creaciones de Abonizio y Fandermole, y que en lugar de rescatar el espesor literario de la obra de Roberto Fontanarrosa, la miniaturiza hasta convertirla en un decálogo de anécdotas simpáticas.

Por lo general, los artistas que se proponen capturar el espíritu de su época cometen el error de distanciarse de los conflictos que abordan, y sus obras, como consecuencia de esa perspectiva y más allá de la calidad técnica que posean, suelen agotarse en el esquematismo sociológico y el sermón moral. Otros dan en el blanco; son aquellos que ponen el cuerpo y se ubican en el centro del problema, ya no como espectadores privilegiados que señalan defectos ajenos, sino como protagonistas agobiados por el peso del presente que les tocó vivir. En este sentido, y ya que su ética está diseñada por el rock and roll, podría afirmarse que DAF es pariente cercana del álbum Quadrophenia (1973), de The Who.

DAF fue escrita entre 1980 y 2011, y para su primera edición en papel, Vignoli pulió las numerosas versiones provisorias que recorrieron el submundo literario durante una década. A más de treinta años de su concepción, sigue despertando admiración el modo en que la novela narra el pasaje de la adolescencia a la madurez en la Rosario de los años 80. La hipótesis es arriesgada pero vale la pena formularla: solo el público rosarino nacido entre 1960 y los primeros años de la década siguiente podrá apreciar en toda su dimensión el dolor y la resignación que destilan estas páginas.

La sensibilidad pictórica de Vignoli regala al lector rosarino más de una epifanía urbana, tema que Mauricio Alonso analizó en detalle en su excelente ensayo “La ciudad novelada: Atopia”, incluido en el segundo número de la revista RIEL. Pero hay algo más: DAF trasciende los límites de la literatura y crea un universo regido por los códigos del rock, pone en escena el modo en que parte de una generación modeló su pensamiento a partir del rock en tanto manifestación contracultural, no solo como una manera de relacionarse con el mundo, sino como una forma de vida; todo bajo la arquitectura del miedo que construyó la dictadura y que se prolongó más allá de 1983.

En el capítulo 9, la novela pega un salto temporal de apenas poco más de diez años, de 1981 a 1992. Esa década en blanco, un agujero negro que se nutre del vacío, es el humus que Vignoli usa como fertilizante para hundir su cuchillo hasta el hueso y modelar una escritura construida con materiales y procedimientos que suelen asociarse a la “mala literatura” –la prosa poética, la efusión autobiográfica, la ingenuidad adolescente que vuelve trascendente un hecho banal– en una sucesión narrativa de hervores poéticos y existenciales que arden como llagas.

DAF comienza en la adolescencia de sus personajes, una época llena de ilusiones y proyectos, y luego, de un sopapo, los muestra, diez años después, en la única realidad que esta ciudad, cuna de maestros y artistas sin público, puede ofrecerles: una meseta gris como telón de fondo del lento y chato transcurrir de los días, un presente continuo sin reconocimiento ni dinero que aborta cualquier atisbo de esperanza. Dadá Magno, protagonista y voz narradora, atraviesa los años que le tocaron en desgracia bajo el padecimiento de una sensibilidad cincelada en la melancolía de aquel que sabe que el tiempo y la sociedad lo pasaron por encima.

En DAF, como cantaba Federico Moura, el rock es una forma de ser. Como todo long play, la novela tiene un lado A y un lado B, pero su filiación no se agota en las citas rockeras. Ni hippie ni cheto, Dadá sostiene, incluso en sus momentos más patéticos, una identidad forjada en la fragua que se quema y quema en el fulgor eléctrico de Led Zeppelin, la tristeza psicodélica de Pink Floyd, la intelectualidad del rock sinfónico como refugio frente a la música industrial y el aullido final y desgarrado de Kurt Cobain.

La historia de Dadá puede ser leída como la historia de su generación: ahí están la fantasía tecnicolor de la infancia, el colegio y las amistades cimentadas en los primeros porros a la sombra de la cúpula represiva de la dictadura, la traición arltiana del amor puro y el trauma de encarnar la vergüenza de la familia después de haber sido un proyecto lleno de futuro.

La primera cita de la novela, firmada por Johnny Rotten, funciona como el manifiesto que articula DAF. Después de disolver los Sex Pistols, Rotten formó un grupo llamado Public Image Limited, cuyo segundo disco, Metal Box (1979), se erige como uno de los momentos más desoladores y revulsivos en la historia del rock. Sobre este álbum, el crítico Lester Bangs escribió: “Esta es música que proviene del otro lado de algo que puedo percibir, pero que no quiero atravesar. Sin embargo, si sentís lo mismo que yo, quizás, al menos, vos puedas afirmar esta música, que expresa que nada puede ser afirmado hasta que casi todo haya sido negado”.

La misma idea puede aplicarse a DAF. Vignoli se propuso aterrorizar a su generación mostrándole lo que había del otro lado del espejo. No sólo lo consiguió; regresó del viaje con una novela extraordinaria en la valija.

publicado en el diario la capital, 3/8/14

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