El oso electrocutado

La primera vez que vi a Osvaldo Zulo en vivo fue en un recital de Los Daylight en Kasa Encantada, no recuerdo el año, quizás haya sido en 2006. De aquella noche, lo único que sobrevivió en mi memoria fue su figura intimidante, capaz de cargarse a toda la audiencia en un solo alarido. Después del recital charlamos unos minutos, pero el contenido de esa conversación es también polvo del tiempo. A los pocos días, me dio una copia de Titánico (2005), el primer EP de su trío de surf rock Los Impedidos, que ofició de soporte en un inolvidable concierto de Los Natas en El Sótano. Muchas cosas estaban pasando en el subsuelo del rock de la ciudad y Zulo, como el King Kong de la tapa de Titánico, parecía arrasar con todo a su paso.

https://myspace.com/impedidos

Años después nos encontramos en la siempre nutrida cola del baño del hermoso y difunto antro Old School. De esa charla tampoco recuerdo demasiado, salvo su mueca de disgusto cuando le dije que, para mí, él y Valentín Prieto, eran dos de los músicos más copados con los que me había topado en los últimos tiempos. Mi ignorancia respecto de las internas del circuito subterráneo rosarino me había llevado a compararlo con un colega al que Zulo miraba de reojo.

Prieto y sus compañeros fundaron Polvo Bureau en 2010 para publicar sus propios discos, algo parecido a lo que Ignacio Molinos venía haciendo desde 2007 con Soy Mutante, sello en el que Zulo ocupa un lugar central. Además de compartir la idea de poner en circulación buena música, Soy Mutante y Polvo Bureau solventaron gran parte de su producción con subsidios del Estado provincial. No tengo ningún problema en llamar independientes a sellos que reciben dinero estatal porque ese apoyo económico no interfiere en su independencia artística y porque en Rosario esta clase de proyectos no podría sobrevivir sin ese envión financiero. Entonces, si venían del mismo palo y compartían los mismos espacios y dificultades, ¿por qué había problemas entre ellos? Después de algunas charlas y averiguaciones llegué a la conclusión de que el conflicto se había originado en las típicas discusiones que se dan en las pruebas de sonido de recitales compartidos, pullas menores y comentarios del tipo “Zulo es un quemado” o “Prieto es un cheto”, lo que terminó de confirmarme que los grandes músicos también pueden actuar como niños vanidosos.

Retomando: la última trompada de rock real que recibí me la pegaron en Córdoba, una noche antártica del invierno 2011, en un recital del cuarteto Operativo Exposición Total, que Zulo lideraba, en el pub Belle Epoque. Casi que me había olvidado de lo que se sentía. Quizás el tiempo haya magnificado el recuerdo, pero no creo que un recital de Black Flag en 1983 haya sido muy diferente de lo que vi y escuché esa noche.

Fanático del sello SST y del hardcore, Zulo es una bestia bipolar. Sobre el escenario, aparece enorme y agresivo como un oso electrocutado; en la intimidad, es vulnerable y afectuoso. Y también puede perder el tiempo descargando su resentimiento en Facebook en lugar de sentarse a componer canciones. Es, como sintetiza su seudónimo hermético, una víctima del vaciamiento, y muchas veces, su ira de víctima vaciada elige los enemigos equivocados.

Zulo tiene varios puntos en común con Jay Reatard, el genio que el rock norteamericano perdió a comienzos de 2010: la insólita cantidad de bandas que formaron, el amor por el punk y el ruido, la pasión erudita por el rock subterráneo y, detrás de la coraza ruidosa y amenazante, un tierno corazón pop. Halcyon Digest, el álbum que Deerhunter editó en 2010, cierra con “He Would Have Laughed”, un homenaje de Bradford Cox a su amigo muerto. La canción comienza así: “Only bored as I get older / find the ways to (cult) / cult of time”.

Con ese puñado de palabras, Cox retoma, diecisiete años después, el agrio cansancio que Kurt Cobain hizo público en “Serve the Servants”, el primer tema de In Utero (1993), en el que hablaba de su incomodidad en el estrellato y de cuánto le molestaba que sus viejos amigos de la escena punk lo criticaran por su éxito y por haberse convertido en un sirviente de los sirvientes. Pero Cobain también se refería, y es ahí donde Cox lo reescribe, a la angustia de gente que se siente vieja y cansada a los 27 años. Demasiada información, demasiadas expectativas, demasiada velocidad; el mundo no es un lugar agradable para las almas sensibles, y frente a tanta abundancia y sueños que pueden cumplirse o no, pero que siempre pasan la factura, el exceso aparece como el único camino posible. Y que pase lo que tenga que pasar: matarse, morirse, hacerse famoso, cubrir el rol del último rockero maldito, ser un artista de culto… la maquinaria, incluso en países periféricos y carentes de una industria discográfica como Argentina, ofrece todas las opciones posibles.

Lo que realmente importa es que la pelea que hoy da Zulo, y que antes dieron, cada uno a su manera, Cobain y Reatard entre tantos otros, está perdida de antemano. Sin embargo, y acá está el carozo del durazno sangrante, las obras de estos artistas son inviolables porque reflejan su resistencia a la uniformidad y el conformismo al mismo tiempo que reconocen la inferioridad numérica en el campo de batalla; van al muere sabiendo que la derrota está sellada y con ese solo gesto encarnan el romanticismo en su estado más puro.

Víctima del Vaciamiento (2012), su debut como solista, comprime ocho canciones en poco más de quince minutos y fue grabado y producido en soledad. Abre con un trueno titulado “E.E. Cummings”, un homenaje al poeta norteamericano, de quien Zulo cita la máxima “Unbeing dead isn’t being alive”. Si bien Cummings no tiene nada que ver con el rock and roll, Zulo convierte sus palabras en un haiku punk de combate contra la zombificación del rock.

Los dos covers que incluye su primer disco solista dibujan una brújula. Como buen punk romántico, Zulo reinterpreta la música que talló su credo estético no tanto por una cuestión de gusto personal, sino como declaración de principios; en sus versiones no hay guiños para entendidos ni citas para snobs, sino vísceras y convicciones. “Breaks my Heart”, el temazo de los australianos Radio Birdman, retoma la gloriosa línea de punk pop que atraviesa la discografía de The Replacements y se acelera en el hardcore anfetamínico y melódico de Hüsker Dü; cierra el disco una feliz y ebria lectura de “Train Round the Bend”, de The Velvet Underground, banda cuyo legado fue reescrito cientos de veces por grupos como The Jesus and Mary Chain y Sonic Youth entre tantos otros, a los que Zulo intenta sin éxito expulsar de su organismo.

https://soymutantenetlabel.bandcamp.com/album/021-victima-del-vaciamiento

Zulo es un gran guitarrista rítmico, espécimen difícil de encontrar en el ecosistema del rock rosarino. Al igual que Kurt Cobain, que construyó su estilo a partir de sus limitaciones, Zulo tiene instinto e imaginación para hilar un riff asesino a partir de una idea sencilla, o para resaltar una nota —la nota justa— y estirarla el tiempo exacto antes de que se haga cliché, o chicle.

A comienzos de junio de 2014 nos juntamos a tomar cerveza en un bar del centro. “Estoy decepcionado y cansado, no sé bien qué voy a hacer. Me gustaría hacer música sin preocuparme de todo lo que hay alrededor, los puteríos entre las bandas o tener que vender entradas anticipadas para poder tocar en un bar. Cuando empecé a ir a recitales punk, los problemas eran los mismos que hoy. Gran parte de los músicos y de la gente que los iba a ver eran personas con la cabeza muy cerrada”, me dijo en lo que fue más una sesión de catarsis que una entrevista.

En Víctima del Vaciamiento 2 (2015), su segundo trabajo como solista, asoma una vez más el viejo amor de Zulo por el surf rock y bandas como The Urinals y The Lost Sounds. Hay momentos muy logrados —el hojaldre de guitarras de “Those Pretty Girls”, la atmósfera gótica del punk robótico “Useless Data”—, pero la brevedad espástica del disco —6 temas que totalizan 8 minutos— lo vuelve, paradójicamente, menos contundente que su antecesor.

https://soymutantenetlabel.bandcamp.com/album/033-victima-del-vaciamiento-2

De haber sido editados en Chicago, la revista Pitchfork habría publicado reseñas elogiosas de los dos trabajos. Pero Zulo vive en Rosario, y yo no termino de entender, y creo que él tampoco lo tiene claro, por más que diga que es una forma de encriptar su mensaje, el motivo por el que escribe y canta sus canciones en inglés. No se trata de nacionalismo barato, el asunto es más complejo y tiene varios niveles de análisis. Por más que el noventa por ciento de los discos que Zulo escuchó en su vida —que son muchos— estén cantados en inglés, la cólera que destilan sus canciones tiene como origen Bella Vista, su barrio de toda la vida, no Detroit; y la pobreza en la que fueron grabados estos discos —las baterías son de computadora— pide a gritos los rugidos de Zulo en castellano.

En un plano más pragmático, que seguramente a él no le interese, es una cuestión matemática: cantar en inglés en un país hispanoparlante limita el alcance y la comprensión de su obra. Y finalmente, y en un nivel más personal, que un artista tan culto —en la escena del rock no sobran los lectores de Cummings— no aproveche la rica flexibilidad del castellano me genera una mezcla de pena y bronca. Quizás sea una cuestión de tiempo hasta que Zulo se siente a escuchar en serio los discos de Cuero, Piel de Pueblo, Montes, Color Humano y Billy Bond y La Pesada. Sí, con OET peló un buen cover de Pappo’s Blues y también tocó la guitarra en la brillante versión de “Natural”, de Tanguito, que grabó Mariano Conti en su EP El mito del origen (2015); sin embargo, estoy convencido de que hizo estas cosas para que tipos como yo no le rompan más las bolas con el asunto del castellano y los gloriosos primeros años del rock argentino.

No quisiera estar en los zapatos de Zulo; su talento es genuino y su inteligencia ya le avisó que nunca podrá ganarse la vida con su arte porque vive en el culo del mundo y su música tiene un público reducido. Es lógico que culpe de sus penas al contexto, pero también es cómodo pensar que todos son unos boludos y que nadie, salvo él, entiende cuál es la posta del rock and roll. En el medio, drogas, giles, alcohol, vagancia, falta de dinero… Entiendo la bronca de Zulo, pero su ética radical muchas veces le juega en contra. Al mismo tiempo, es su mayor virtud y el núcleo de su identidad artística. En resumen, está jodido. 

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