Piano Bar (1984): letra, música, autobiografía

_Yo también crecí con Videla, y con los asesinos que lo sucedieron. Claro que al ser veintitrés años más joven que Charly García, sufrí la violencia represiva de un modo diferente. El corte milico en la escuela Normal N°1 de Rosario llegó a su pico durante la guerra de Malvinas, en 1982, cuando las maestras —que todas las mañanas nos hacían formar filas soldadescas en el patio para cantar “Aurora”— nos pidieron chocolates y cartas para los chicos que peleaban en esas islas que, de un día para el otro, levantaban sentimientos inflamados desde los mapas fijados de apuro con chinches en los pizarrones. En algún lugar debo tener la carta que la dirección de la escuela envió a los padres para que fomentaran en sus hijos férreos valores patrióticos. Siguiendo con la letra de “Demoliendo hoteles”, supongo que todos, en aquel tiempo, fuimos educados con odio.

_A fines de ese mismo año, los gurkhas de cuchillos curvos que durante la guerra habían ilustrado las notas de las revistas de la época —La Semana, Somos— reaparecieron en la letra de “No bombardeen Buenos Aires”, en la que García, como al pasar, hablaba de pibes que curtían mambos escuchando a The Clash. Recién un par de años más tarde, gracias a una nota en la Pelo, supe que The Clash era una banda. Esa nota y el recuerdo de la canción de García me empujaron a la disquería a comprar el cassette de Combat Rock (1982). ¿Rock de combate? ¿Eh?

_Las canciones de Soda Stereo y Los Abuelos de la Nada ya conformaban la banda sonora de mi vida, pero fue García quien talló en mi corteza cerebral el primer recuerdo intenso relacionado con el rock. Un mediodía cualquiera del verano 84-85, Ernesto, por aquel entonces novio de mi hermana Mabel, estaba haciendo un asado mientras de fondo sonaban, apiñadas sin ninguna lógica en cassettes TDK, canciones de Silvio Rodríguez, Chicago, Los Twist, Piero, Electric Light Orchestra… En un momento, sin que yo lo viera, Ernesto puso en el doble casetera el lado B de Piano Bar (1984) y subió el volumen al máximo. El aullido de García que abre “No se va a llamar mi amor” fue un pico de adrenalina y disparó un terror genuino que duró apenas dos o tres segundos. Ese grito fue un imán —ya no pude sacarme de encima a García—, y desde aquel momento Piano Bar entra y sale de mi vida cuando quiere.

_Los primeros años de la democracia fueron densos: los militares, que pretendían que sus crímenes quedaran impunes, planeaban alzamientos y golpes de estado, y en la televisión, los diarios y las revistas se hablaba de las andanzas de la tenebrosa “mano de obra desocupada”… todo el horror de los años negros brotaba como pus. Una mañana de 1985, un grupo de estudiantes del colegio Superior de Comercio llegó hasta las puertas del Normal 1 y comenzó a cantar y aplaudir para que salieran las chicas de 5° año. Las maestras nos hicieron esconder debajo de los bancos. Uno de mis compañeros —estábamos en 5° grado—, antes de romper en llanto, alcanzó a moquear: “Vinieron los Montoneros”. En ese contexto incomprensible, escuchar a García cantar “cerca de la revolución, el pueblo pide sangre” era tan fascinante como terrorífico.

_“Raros peinados nuevos” me provocaba una gran decepción porque yo suponía que la canción se refería a los grupos que me gustaban: Soda Stereo y todos aquellos que a mediados de los 80 gastaban en gel y maquillaje casi la misma cantidad de dinero que destinaban a la grabación de un disco. Pero por más que le diera vueltas, no encontraba en la canción ninguna mención concreta. Solo con el paso de los años pude acercarme a lo que, creo, García quería decir en esa letra —y qué letra—, llena de referencias políticas, personales, drogonas: ir hacia la izquierda, no ser un vigilante, no trabajar al pedo, hacer algo nuevo… Con muy pocas palabras (“Si me gustan las canciones de amor / y me gustan esos raros peinados nuevos / ya no quiero criticar / solo quiero ser un enfermero”), García —hedonista, cínico, desencantado— liquida la dicotomía música comprometida/música comercial que organizó el rock argentino de los años 70. “No quiero ver al doctor / solo quiero ver al enfermero” es lo que diría un paciente que prefiere un analgésico a curarse de su enfermedad. Todas estas menciones a crisis personales y drogas, que en mi infancia habían pasado de largo, se volvieron, tiempo después, transparentes.

_Una vez le pregunté a García qué le gustaba del tango. Me habló de los hermanos Expósito y de Troilo. También me dijo que “Tango en segunda” fue su primer experimento piazzoleano. La línea tanguera de García, que en La Máquina de Hacer Pájaros se enriquece con el aporte de Carlos Cutaia, y que prácticamente desaparece en los años de Serú Girán —salvo en temas como “Llorando en el espejo”—, vuelve con fuerza en Piano Bar. Ya desde el título, el disco cita la última película de Gardel, Tango Bar (1935), que se estrenó poco después de su muerte. Por el lado de la canción, le letra habla de las rubias de New York, los fantasmas de percal, la sonrisa de zorzal… Y en cuanto a la música, dos puntas: la métrica que construye García rockeriza el contratiempo en 2X4 y la versificación está pensada para el fraseo del tango. Finalmente, y por si quedara alguna duda, ahí está el tarareo que emula un bandoneón, antes de la entrada de la banda.

_Escribe Pablo Schanton sobre Piano Bar: “Aquí ya es perfecto el balance compositivo entre rock y pop, guitarra y piano, ritmo y melodía, GIT y Fito (ambos conformaban la Banda García en 1984). Geometría y caligrafía. Tal vez, se deba a la buscada naturalidad de jam con que el ensamble resuelve esa dialéctica Modernidad Internacional/Tradición Nacional que tanto se tensaba en Clics modernos”. Escarbando en esta última observación: ni tan compleja como el jazz rock ni tan bailable como el rock discotequero, esa “naturalidad de jam” supera en intensidad la exactitud minimalista y cronométrica de las máquinas de ritmo de Clics y también las intrincadas e igualmente precisas travesías en plan Weather Report de Serú. Guiado por la intuición y una lógica de sala de ensayo —la naturalidad que apunta Schanton— en la que la mugre y los pifies no se descartan, Piano Bar cava un hoyo más profundo que Clics, un álbum-manifiesto cuya impronta programática hace que todas las variables estén fríamente calculadas.

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