Reventando desde adentro

Music from an open window
Music sudden and fleeting
Ordinary music from an ordinary street
Why did your heart stop beating?
What can a song do to you?
Molly Drake, “What can a song do to you?”

En 1998, después de una estadía de un año en Buenos Aires, donde en lugar de trabajar para insertarse en el circuito profesional —objetivo inicial del viaje— se la pasó zapando en bares de mala muerte, Sebastián Viamonte, el Tano, se instaló en Rosario, en la esquina de San Martín y Montevideo, en los altos de un antro infestado de borrachines y apostadores. Lisandro Falcone me lo presentó una tarde de invierno en 1999. Tomamos un par de cervezas y nos pusimos a tocar. Dos horas después, en el extinto bar de Roca y Mendoza, fundamos Lanzallamas. Pero ni Falcone ni yo, que veníamos de Mortadela Rancia, queríamos tocar en otro trío. Por eso llamamos a Daniel Pellegrinet, que por aquel entonces había metido en el freezer a Color Chino, su banda de toda la vida. Los cuatro grabamos el primer disco de Lanzallamas en la casa de Carlos Altolaguirre.

Poco después, mientras el país estallaba en pedazos, Pellegrinet, como tantos otros rosarinos, se fue a Barcelona. Antes de subirse al avión nos presentó a Pablo Pena, antiguo guitarrista de Poxi Beat —banda clave del pop rosarino de finales de los años 80—, que selló la segunda formación de Lanzallamas. Unos meses después, en un fin de semana de asados, grabamos Cerouno (2001), nuevamente con Altolaguirre como ingeniero de sonido.

Tras la separación de Lanzallamas, Viamonte volvió a su Pérez natal y armó el cuarteto Juan Barrilete, con el que registró Bola de ego (2006), un disco de emo grunge a mitad de camino entre Nirvana y Radiohead, pura tracción a sangre en canciones que explotaban y luego se calmaban para volver a explotar. La sala de ensayo del grupo, un cuartucho sin luz y lleno de humedad, era la pieza del fondo de la casa de Viamonte, ubicada en la segunda curva de la doble mano de Belgrano, antes de que esta se transforme en la ruta 33, que termina en Bahía Blanca. La electricidad para los equipos la proveía una zapatilla llena de transformadores que se enchufaba al otro lado del patio; los ensayos se hacían a oscuras.

Juan Barrilete fue una cañita voladora, unos pocos recitales inolvidables en bares de cuarta con público escaso, y algunas canciones de colección —“Antipoxi”, “Vaca madre más sagrada”, “Jugo de árboles”, “Esquivando la felicidad”—, postales de la desesperanza y el reviente made in Pérez.

Después de la disolución de Juan Barrilete, triste y decepcionado, Viamonte se recluyó en su casa en busca de calor y color humano, y grabó El hombre alumbrado (2008), un álbum delirante de psicodelia rotosa y suburbana, una mariposa de madera revoloteando sobre el pasto amarillento y las mandarinas silvestres que crecen a la vera de las vías del tren en Pérez, y que, en doce canciones bucólicas, condensa su universo poético: el duende rabioso de la siesta como portador de la inspiración; el umbral de los sueños como estado mental creativo; la sirena del río como musa; el ángel mojado, desamparado y ladrón como modelo romántico de personajes desprotegidos y valientes…

Y también la reflexión de corte autobiográfico, que asoma en la letra de “El Nene Cardo”: el bajón del mundo —en la aridez urbana que describen las estrofas, el desamor y la codicia se acumulan con la grasa en los semáforos— provee el humus para que germine un cardo en flor. A la tristeza y a la injusticia, el Nene Cardo —personaje que Viamonte utiliza para delinear su filosofía artística— las combate con color, belleza y espinas.

Pero el punto más alto del disco es “Nueces”, una canción hipnótica que va construyendo su clímax lentamente de la mano de una poesía ultra volada: “Calesita de almas batiendo / como esperma suavemente, flores”. Sobre el final, el batero Adrián Carlesso impulsa la nave al infinito para que Viamonte luche guitarra en mano con los fantasmas de su niñez a la sombra de nogales siniestros, reescribiendo el terror boscoso que atormentaba a Spinetta en “Credulidad”.

“Gallito ciego”, la única canción del álbum con madera de hit, cuenta la historia de Carlín, un amigo de la infancia de Viamonte. La metáfora del gallito ciego que con los ojos vendados tantea el vacío mientras el lobo acecha a sus espaldas se hizo realidad cuando el elegante y sensible Carlín, seis años después de la salida del disco, se suicidó de un balazo en su casa de Pérez.

Capital nacional del cucumelo y, hasta la década de los 90, sede de los talleres del Ferrocarril Central Argentino, tras la devastación menemista, Pérez se convirtió en un páramo lleno de remiserías y kioscos y, tiempo después, búnkers para comprar merca y faso a precio de amigo. Si bien siempre fue un lugar de rockeros y malevos, los años neoliberales lo elevaron a la categoría de impenetrable. El Pejerto, personalidad destacada del lugar y amigo entrañable de Viamonte, me lo resumió una noche mientras tomábamos cerveza en el legendario y hoy difunto bar El Orco: “Antes acá se curtía el rock, Pérez siempre fue un pueblo sano de laburantes y drogones. Y ahora todo es cumbia, fierros y soldaditos”.

Con esos elementos —rock, romanticismo y violencia social—, Viamonte construye la mitología de su patria chica: el Pejerto y su Museo del Rock, la parrilla del Titi, el reviente del bar El Orco, las fumatas en el Puente del Inca, la fábrica de cerveza familiar Plop, el escabio y la lima, los amigos que perdieron la razón y mandaron todo a la mierda… Sin embargo, no hay resentimiento en su música; en todo caso, la energía negativa se reconvierte en polenta fiestera: si esto es lo que me tocó, parece decir, brindemos para festejar la derrota y luego rompamos todo a carcajadas. Ese convencimiento amargo explota en perlas de felicidad tristona, como “Esquivando la felicidad”, de Bola de ego.

En 2012 apareció el primo cercano de El hombre alumbrado, el quemado y stoner La tierra del hongo. Poco antes de la grabación, Viamonte había comprado algunos equipos y una computadora nueva, por lo que el álbum, originalmente concebido como un disco de guitarra eléctrica y voz, sobre la marcha fue convirtiéndose en un artefacto delirante, mientras Viamonte iba tocando y grabando batería, trompeta, mandolina, quena, teclados y violín; el perfil afiebrado de La tierra del hongo —que contrasta con los trabajos “oficiales” de Viamonte— es la consecuencia del carácter solitario, lúdico y amateur de su grabación. Martillando sobre una veta experimental y psicodélica, el disco cruza telurismo místico y cuelgue distorsionado —un poco a la manera del Toba trance (2004) de Los Natas— en las andinas “Gente del fuego” y “Vacío existencial”.

Después de La tierra del hongo, Viamonte juntó a sus Santitos Desvelados para grabar Redondel, que empieza donde había terminado Bola de ego: canciones grunge y garage emotivo. Redondel tiene algunos momentos excelentes (“El espejo”, “Las grietas”) pero, comparado con su antecesor, deja la impresión de un vuelo en piloto automático.

Las metidas de pata de Viamonte revelan una faceta importante de su identidad artística porque muestran lo que ocurre cuando un artista que hurga sin miedo en los recovecos más oscuros de su mente para componer canciones intensas y conmovedoras, y que se caracteriza por la profundidad de su mirada, raspa la superficie de una idea en busca del golpe de efecto.

Sus canciones menos logradas se dividen en dos grupos: las facilongas y las plagiarias. Entre las primeras aparece “Carasucia y cabrón”, de Redondel, en la que la celebración autobiográfica es abordada de un modo ramplón en una retahíla de lugares comunes. El segundo grupo lo componen temas en los que el modelo que sirve de inspiración no es sometido a ningún tipo de relectura, lo que da como resultado un engendro en clave mimética. Así, “Pesada luz” (de Bola de ego) vampiriza los tics melodramáticos de Radiohead, y “Medio corazón” (de Furia maravilla, 2013) calca sin filtro a los Traveling Wilburys.

Furia maravilla (2013) es un disco demasiado variado si se lo compara con sus antecesores, y quizás este eclecticismo tenga su raíz en cierta necesidad de mirar por el espejo retrovisor. Hugo, el papá del Tano, integró agrupaciones de diversos géneros, por lo que la casa familiar siempre estuvo llena de folcloristas, tangueros y rockeros que extendían las sobremesas hasta la madrugada en guitarreadas interminables, la primera y más importante escuela musical del Tano.

Entre el rockito fiestero “Banana”, con Coki Debernardi de invitado, y el nebbiero “Rocanroles imposibles”, con el mismísimo Litto Nebbia en voz y teclados, pasando por “Paraguay”, al que Viamonte define como el producto del coito entre Dinosaur Jr. y Raúl Carnota, Furia maravilla aparece —un poco paradójicamente debido a su variedad estilística— como su trabajo más coherente. Y es, también, un álbum de contrastes, porque las hebras de felicidad cristalina que se desprenden de “Como un limón” encuentran su reverso en la notable pseudomilonga titulada “Corazón del sur”, pura opacidad y desolación terminal: “Volver, adónde / a la nebulosa del hombre / volver al hartazgo / de sostener esperando / que la belleza y la maravilla / vuelvan al barrio”.

Pero la frutilla del postre —la frutilla que arde en la tapa del disco— es la canción que lo titula: es imposible escuchar “Furia maravilla” y no sentir el deseo incontrolable de romper las paredes a cabezazos. De nuevo: la música es el conjuro con el que Viamonte transforma la energía negativa en cólera festiva. De eso habla la letra, del momento en que la realidad se vuelve insoportable y entonces solo queda reventar desde adentro. Y reventar, para Viamonte, es motivo de festejo.

Una suerte de resignación estoica, que oscila entre el humor y la desesperación, recorre todos sus discos. Talentoso, vago y despreocupado, fondeado en el devastado conurbano rosarino, el culo del culo del mundo, Viamonte comprendió mucho tiempo atrás que nunca —por falta de dinero, pereza y otros etcéteras— iba a poder construir una carrera exitosa, a pesar de tener a su favor todos los puntos importantes: canciones conmovedoras, una voz envidiable y una guitarra prodigiosa. Su opción fue quemarse, en soledad, en pos de una ética y un sentimiento.

Siempre supo que el rock nace de lo que el corazón y el estómago le dicen al cerebro, que luego manda la señal a la garganta; por eso, más que cantar, escupe las palabras como si fueran brasas que le queman las encías. 

Por eso sus conciertos suelen ser experiencias de una intensidad sobrehumana. Él lo dijo en una entrevista publicada en el blog tajosenelpogo.wordpress.com: “Lo que me gusta de tocar en vivo es que es el único lugar donde no tengo pensamientos por lapsos prolongados de tiempo, y esos lapsos son cada vez más largos, por ejemplo, ya no uso más pedales porque tengo que pensar antes de pisarlos y me pierdo de sentir”.

A veces pienso que Viamonte roza la genialidad con aterradora frecuencia; otras, creo no es más que un embustero que conoce los trucos necesarios para convertirse en uno de los artistas más poderosos e intensos de esta época. Quizás sea una mezcla: un chanta de talento sobrenatural que se resiste a encontrar su molde y un genio chamuscado incapaz de tomarse en serio a sí mismo. Todo eso al mismo tiempo, reventando desde adentro.

todos los discos del Tano Viamonte pueden descargarse en: http://discosfuriamaravilla.blogspot.com.ar/

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